viernes, 6 de junio de 2014

derecho al olvido

      Leo: "Google comienza los trámites para respetar el derecho al olvido." Se refiere, claro está, al derecho que asiste a todo usuario de Internet a que sean retirados sus datos de carácter estrictamente personal. El asunto es complejo, y no seré yo quien se meta en ese jardín ajeno. Lo que me interesa ahora es adentrarme un poco en esa expresión tan poética: 'derecho al olvido'. Es decir, derecho al secreto no revelado, al espacio de sombra del que no hay que rendir cuentas a nadie -como tampoco hay que responder de los sueños-, un espacio exento, libre de cargas, ajeno a toda jurisdicción, donde nadie pueda ser juzgado por cuanto en él haya tenido lugar. El derecho al olvido es, en cierto modo, el derecho al pecado (que no al delito), y al poder dormir sin más sobresaltos -"què volen aquesta gent / que truquen de matinada?"- que los acostumbrados temores, aquellos que nos quitan el sueño desde quién sabe cuándo. Defender el derecho al olvido es pedir respeto a ese último reducto de la intimidad, al refugio donde viven y juegan los deseos sin culpa ni castigo, incluidos los más inconfesables. Sin levantar la voz, ni las sospechas, digo que todo individuo tiene derecho a fantasear impunemente, a visitar sitios infames si le place, páginas abyectas que acaso nos envilecen, sí -como el opio envilecía a Dragon Lady,"sabia y prudente en el trato con el vicio"-, pero también esas malas compañías nos rejuvenecen veinte o más años durante unos minutos de vértigo. Y de todo ese mundo, incluida su inmundicia, no hay que rendirle cuentas ni al Diablo. Ni siquiera a la (mala) conciencia habría que darle cuentas de aquello que a nadie le importa ni perjudica a nadie. Viajes al fondo de la noche, sinuosas fantasías, sueños, incluso perversiones (a condición de que no dejen damnificados) forman parte de ese territorio al que todo individuo tiene derecho a acceder, a explorar... sin dejar huella ni registro ninguno. En otras palabras: el derecho al olvido. Lo que no tengo tan claro es si en esa retirada de datos personales que Google acepta cumplir -tras sentencia del Tribunal Europeo- va incluida su eliminación, su desaparición para siempre. No sé, me sobrecoge un poco pensar que todo ese imaginario secreto, transgresor, se pierda definitivamente. Yo sería más bien proclive a crear una especie de 'nube' anónima en la que guardar, preservar ('almacenar' me parece un horror) ese tesoro inconfesable, ese universo acribillado de negras luminarias deslumbrantes, de billones de deseos jamás declarados, de tantas lágrimas silenciosas, silenciadas, de las que no hay ni habrá jamás noticia... Reclamo el derecho al olvido, sí, pero también confío en que de aquí a la eternidad (o casi) exista un lugar donde habite el olvido.