viernes, 14 de febrero de 2014

un paraguas

     Caras de invierno, apresurados andares, bonitos paraguas, bufandas diversas, gorros de lluvia. Eran las doce menos cinco del pasado sábado 8 de febrero. Un minuto antes había dejado de llover en el centro de Valladolid. Para todo buen mirón son irrenunciables esos veinte o treinta segundos que transcurren desde que se pliega el primer paraguas hasta que lo hace el último. Lo tengo muy observado: se trata de una coreografía insuperable, tanto de ritmo como de color, de plásticidad, de movimiento. Diríase que cada caso responde a un plan diseñado a conciencia, a las instrucciones marcadas por un meticuloso director de escena. Dejar de llover así de bien...  no ocurre casualmente. Tiene que haber un guion. Es cierto que la lluvia en Sevilla es una maravilla, pero también lo es que el cierre de paraguas puede llegar a ser un milagro al mediodía. De pronto, algo ha sucedido, o ha dejado de suceder. Es entonces cuando tiene lugar ese gesto repetido de caras que miran con desconfianza al cielo, caminantes que se detienen un momento o aminoran el paso para cerciorarse de que, en efecto, ya no llueve. Y todo eso sucede durante unos pocos metros, mientras una idea viene, nos toca la frente y se va... con el primero que llega. Plegados los paraguas y restablecido el orden, surge un nuevo escenario: la normalidad se apodera de la calle y fluye. Sin embargo, como quien sigue instrucciones del director de escena, una mujer esbelta de unos cuarenta y pocos años con gabardina de un rojo apagado sale en ese momento de una tienda de moda y, sin dudarlo, abre un precioso paraguas gris fuerte que contrasta de maravilla con la gabardina y entona casi que musicalmente con  sus zapatos caros, que ahora observo. Ver abrir en ese instante ese paraguas, con esa mezcla de naturalidad y determinación, verlo irrumpir así, como quien se presenta en sociedad y toma posesión del aire y del espacio, fue una sorpresa tan grata, tan insospechada, una de esas visiones que retrasan varios segundos el parpadeo. ¿Cuántos? ¿Cinco, diez segundos? Poco después teoricé (fantaseé, más bien) acerca de lo irrenunciable que puede llegar a ser lo superfluo..., ese lujo, este aroma del café que ahora me llega y me llama desde la cocina... ¿De qué sirvió en aquellos instantes ese hermoso paraguas recién estrenado en mitad de la calle sin lluvia? Vale, de acuerdo, servir, lo que se dice servir, no sirvió, pero alegrar la vida a la mirada, sorprender al mediodía, detener unos segundos el reloj del Ayuntamiento (allí enfrente)... Todo eso sucedió, sí, doy fe de ello, pero en igual medida que pudo no haber sucedido. Tras la apertura de aquel paraguas grande y gris, la calle quedó protegida, como si un pararrayos se hubiese instalado allí mismo, en el mediodía del sábado 8, cinco minutos antes de que sonaran las 12. Llegué puntual.