viernes, 7 de febrero de 2014

las frutas, las sílabas, las flores

Hay palabras que lo dicen todo: 'membrillo' es una de ellas. 'Membrillo' es muy carnal y brilla con luz propia; posee una gran sensualidad, y la prueba está en que con solo pronunciar 'membrillo' se te llena la boca de agua dulce. En ese sentido, también 'albaricoque', 'frambuesa' y 'chirimoya' se las traen. Una macedonia de frutas con esas palabras es toda una orgía de fonemas muy jugosos. Cada una de ellas tiene su propia música y fragancia. 'Frambuesa' ostenta una voluptuosidad como de siesta en la penumbra a mediados de agosto. Otro tanto podría decirse de 'albaricoque', pero este con un punto guarachero, como de maracas candongas en el bohío cubano. 'Aguacate' no tiene la densidad de la 'papaya' ni la esponjosa sexualidad de eso que llamamos 'chirimoya', pero su liquidez se escurre entre los labios como un licor ligero. 'Maracuyá' se sale del cesto de frutas para ingresar de lleno en el campo semántico de los ritmos calientes; se trata de un sonido bailable y untuoso. 'Cereza', sin embargo, es discreta y algo melancólica, aunque dulce en su madurez. Y si pasamos de los frutos a las flores, ¿qué decir de 'magnolia'? Ella es fragante y suculenta, apetecible como pocas, deseada por el 'muérdago', repleta de luz de luna y miel. 'Magnolia' es Ava Gardner en flor. ¿Y de 'hortensia'? 'Hortensia' es amplia, redonda y azul con vistas al mar; una palabra bien madura y apacible, como para quedarse a veranear en ella; 'hortensia' vive y respira en Santillana y en Zaráuz, en el Museo de Indianos de Colombres, en la caliente y perezosa Antofagasta. En el extremo opuesto del diccionario nos encontramos con 'nenúfar'. Apenas un haiku, un pensamiento silencioso de diecisiete sílabas. 'Nenúfar' se ruboriza por poco más que nada: es la flor más tímida que respira en el jardín callado de Kioto. Aunque también hay una planta de color casi añil que responde al nombre de 'alhucema'. Un lecho de alhucemas es el lugar soñado por Dionisos para yacer con Artemisia en el Olimpo; o el de alguna princesa rusa para que el príncipe Yusupov le vierta vodka en los labios, lágrimas de maracuyá en el sexo, martinis en la Riviera hacia 1920. No sé. Las palabras lo son todo. La música, las ensoñaciones, el placer de perder el tiempo... Desgrano las sílabas, las letras una a una de 'Estambul'... y varios sultanes me invitan a visitar la Serenísima República de Venecia bajo pasaporte diplomático del Imperio Otomano. Hoy es viernes 7 de febrero sin remedio. Sonrío de mil amores. Pienso en palabras mujeres. Me gustan. Pero es verdad que las palabras nos pierden, los nombres nos delatan. ¿Habrá mejor final feliz de frase o de libro para un hombre que morir de amor en labios de mujer?