viernes, 13 de diciembre de 2013

se puede vivir en canciones (1)

Me acuerdo de cuando nos decían en el colegio que España había tenido tal vegetación que una ardilla podía cruzar la Península viajando de árbol en árbol sin tocar el suelo. Eso mismo me pasa a mí con las canciones: que para cada rato, día, jueves por la tarde o mediados de otoño... hay una canción que le va como anillo al dedo. Casi que en lugar de calendario uno podría tener su agenda organizada a base de canciones. Por ejemplo, para un lunes de invierno con frío y lluvia el alma nos pide una canción de Damien Rice para abrirnos las venas:  The blower's daughter. Pero si es viernes al final de la tarde y el gintonic está salvajemente bueno mientras te vistes y acicalas para una cita, conviene subir el volumen y dejar que suene un clásico como Honky tonk woman, de los Stones. Para las noches más canallas siempre estará disponible La Magdalena de Sabina o el lado salvaje de Lou Reed. Para esas tardecitas en que te declararías en paradero desconocido, cuentas con "las tardecitas de Buenos Aires tienen ese... qué sé yo..." de la Balada del loco de Piazzolla. Si la nostalgia acecha dulcemente en aquel instante en que la luz derivaba hacia el azul en la pista de baile: te vendría bien Vincent ("Starry, starry night...") de Don McLean. O bien, sencillas y tiernas Paraules de amor. Vale, de acuerdo, si quieres llorar, si necesitas llorar un poco, te concedo un par de minutos para hacerlo en silencio. Entre tanto puedes escuchar Para vivir, de Pablo Milanés: "Cuántas veces te dije que antes de hacerlo..." Cambiando de registro, Felicitá, en la versión de Dalla & Morandi, es una fiesta que inaugura el verano y las ganas de vivir. At seventeen, de Janis Ian, me mata de amor y de recuerdos a cualquier hora. La encantadora Je veux, de Zaz, te rejuvenece de inmediato.  Y de pronto surge Enrique Morente con Lorca y nos estremece asegurando que "no estaba el pájaro en la rama." Ante una cosa así solo cabe algo igual o más desmesurado: ¡Ay, amor!, en la voz y el piano de Bola de Nieve: "...pero, ay, amor, si te llevas mi alma, llévate de mí también el dolor..." Si bien, ahora estamos en diciembre de... 1955, por ejemplo. Un taxi se detiene en la Gran Vía, a la altura de Chicote. De él surge 'el animal más hermoso del mundo', se abre la puerta del bar y entra ella, tal que una diosa irónica y sensual como ninguna. ¿Qué canción le da la bienvenida? Por supuesto Fly me to the Moon, de su marido Franky, que está en Nueva York y la echa de menos. Y de NYC volamos al Hotel California (cuya letra es inquietante, por cierto) donde los Eagles suenan cada vez mejor. No lejos de esos días y años, la bruja Joplin nos vuelve locos con su Me and Boby McGee. Por su parteDylan se alía con Sam Peckimpah y escribe Llamando a las puertas del cielo. Y qué elegante Antonio Vega cuando entraba en el Penta o en el Cock, veinte años después, con la mirada baja y las solapas del abrigo levantadas, días antes o después de grabar La chica de ayer. Vailima nos da para una escapada de verano a los mares del Sur. Pequeñas cosas ("unos se creen...") para escondernos en un baile, al fondo de la memoria. Jim Morrison, Armando Manzanero, Mina, La bambola de Patty Pravo, por supuesto que el Ne me quite pas de Brel. Y Suzanne, de Leonard Cohen, y Lucía, de Serrat, y la Canción de amor de Paco de Lucía, y Angie, de los Stones, y Carmen, de Amaury Pérez (con letra de José Martí), y "Aurora y Magdalena se querían, como quiere a las lágrimas la pena...", también de Martí, la Stefanie de Zitarrosa, o la Sweet Caroline de Neil Diamond, o ese romance A Rafael de León que cantara Carlos Cano. O el estremecedor A ciegas, en la versión de Miguel Poveda, que tanto escalofrío me produce. Y esto no es sino una centésima parte de las mil o más canciones que me roban el corazón... o que me hacen perder la cabeza. (Continuará)