jueves, 5 de diciembre de 2013

fantasías

Yo nunca he ocultado que fantaseo mucho. Desde temprana edad desarrollé muy a gusto esa capacidad. Porque de igual modo que hay quien desarrolla musculatura, perfecciona la técnica o mejora el estilo de tal o cual disciplina, yo vi muy pronto que fantasear iba a ser mi juego favorito, y comprobé que la naturaleza me había dotado mejor que bien para afrontar esos ejercicios de vuelo. Así pues, a los 18 ya estaba doctorado en fantasías diversas, no todas necesariamente sexuales. A día de hoy, tantos años después, puedo afirmar sin rubor que soy un auténtico virtuoso en la materia. Para mí las fantasías son un instrumento de estudio y práctica diaria, como, digamos, pudiera ser el piano para Barenboim o, en su día, el cello para Rostropovich. Tan es así que, si alguien, en un arrebato de curiosidad, me preguntara si alguna vez ha formado parte de mis fantasías, mi respuesta habría de ser invariablemente: de mis fantasías no se ha librado nadie... hasta ahora. Me valen por igual la escena de una película, un semáforo que tarda en abrirse, el cuello de una mujer de Modigliani, el Almost Blue de Chet Becker, la risa de Ava Gardner, un despertar entre dos luces, algunos silencios muy limpios que nadie debería ni siquiera mirar. La fantasía, cuando está habituada a hacerlo, discurre alegremente por su cuenta sin casi necesidad de encontrar a su paso motivo, belleza o argumento. La fantasía viaja, viaja, y si en su camino se cruzan Marion Cotillard o Rachel Weisz, pues estupendo, claro está, pero si aparece un poema de Pedro Casariego -"Van Gogh quiere pintarte los labios antes de morir"- o una escena muy romántica de Nosferatu, o el Let's spend the night  together de los Stones sonando a todo volumen a lo largo de una recta en algún verano al cruzar Torozos a casi 200 kms/h... Todo eso también es terreno abonado a las ensoñaciones mascadas a conciencia. No sé si es preciso aclarar que las fantasías son un territorio libre de toda culpa o responsabilidad donde no tienen cabida ley ninguna ni orden ni prohibiciones ni tabúes. En el reino de las fantasías no entra ni Dios. Y el Diablo, a duras penas, y calladito. Porque en ese territorio de plena libertad sin restricciones, el hombre, la mujer, el ser humano es un dios por momentos, alguien que por una vez no tiene que dar explicaciones ni pedir disculpas ni pagar por ello. Ahí Todo Vale. Las fantasías, mis fantasías, son (casi) lo único de lo que me siento plenamente dueño. Y a la vez plenamente irresponsable. Qué maravilla.