viernes, 18 de octubre de 2013

la mirada de linda evangelista

Cuando vi el anuncio de Aura de Loewe –me lo envió una amiga que conoce mis gustos, y a quien van dedicadas estas líneas–, supe que antes o después iba a escribir sobre la mirada de Linda Evangelista. No tiene mérito esa anticipación: nada me gusta más para escribir, hablar, jugar, fantasear... Ya he perdido la cuenta del número de veces que he pulsado play para dejarme mirar por la mirada oblicua y sonreída de esa mujer. Pero soy promiscuo, y a través de ella, de Linda, me están mirando todas las mujeres de cuarenta en adelante. Somos lentos los hombres. ¡Lo que tardamos en descubrir la belleza plena en la mujer madura! ¿Y qué decir de esa cosa tan sumamente sexy que es la inteligencia, el talento, en la mujer que te mira sin reparos? Una mujer madura te sonríe al mirarte y estás viendo de un solo golpe de luz la primavera y el otoño, el sol del membrillo... Una mujer madura te mira como lo hace Linda Evangelista (toda mujer es Linda Evangelista, o más, algún minuto al día) y ya no eres el mismo después de esa mirada, solo te queda dimitir de ser tú y aspirar a mejorarte tanto como septiembre mejora agosto, como abril a marzo, como Billie Holiday mejora a Billie Holiday de una noche para otra. Por cierto, está sonando ahora, aquí, no del todo casualmente, el clásico My baby just cares for me de Nina Simone. ¿Cómo no cerrar los ojos y ver esos andares de Linda haciendo aún más hermosa la Gran Vía? En la mirada de esa mujer está toda la viveza del mundo, todos los juegos, los besos robados (y por robar), la curva irrepetible de unos labios, de una avenida... La mirada de Linda nos regresa por un instante al lugar del que nunca debimos salir: el Paraíso, la mañana ilimitada, la fragancia de lo que aún no tiene nombre, la dulce fatiga del sexo reciente, el sol entibiando los párpados... La mirada de Linda es todo lo que soñamos y todo lo que perdimos. Pero ¿qué hemos perdido que nos duele tanto?, se preguntaba el autor de Bélver Yin. Yo creo que lo que hemos perdido es la gracia, la luz, el tiempo sin preguntas. O sea, todo lo que nos promete la mirada de una mujer madura y lúcida. Sin ella estamos perdidos. Pero es verdad que con ella recobramos por momentos lo que acaso nunca tuvimos. O no del todo al menos. Recobramos el ángel que deberíamos tener de nuestra parte un rato cada día, aunque solo sea lo que dura ese anuncio de Loewe, incluido el make in off que lo acompaña. Qué menos. Porque si el ángel viene a visitarnos cada tarde, o al mediodía, no todo está perdido, y podemos aspirar a la mirada de Linda (sea ella quien sea) durante esa sucesión de instantes que se extienden al lo largo del ámbar, en el tránsito que va del rojo al verde en un semáforo de la Gran Vía. Ojalá que así sea.
http://www.youtube.com/watch?v=ko17MyR8168