viernes, 13 de septiembre de 2013

confieso que


Confieso que a mí las esencias patrióticas y los valores eternos de la nación, de las naciones, pues... ni frío ni calor. Me pasa con ello lo mismo que a Savater con la religión cuando escribió aquel artículo titulado A mí la fe, ni fu ni fa. Con las banderas, con los símbolos, me ocurre algo parecido: están bien en los grandes partidos internacionales para dar vistosidad al estadio y animar a los nuestros, pero poco más. Cuando los símbolos se llevan a otros terrenos, se convierten en otra cosa y pierden la gracia. Es bien sabido que en España tenemos una cierta tendencia –o mejor, una acusada tendencia– al exceso, y con esto de los símbolos y de las patrias, más aún: hay gente aquí (y no solo aquí) que se pone tremenda por un quítame allá esa bandera, ese himno, esa ofensa intolerable a la Nación. Siempre encontramos motivos –nos sobran los motivos para sentirnos ofendidos. Y el que no los encuentra es porque no quiere. Ahora resulta que, para algunos, para no pocos, el mundo, el COI, ha ofendido a Madrid, y por extensión a toda España, con la eliminación para organizar los Juegos Olímpicos de 2020. ¿Y qué decir de las seculares humillaciones de ‘Madrid’ a lo más sagrado, al alma de Catalunya, y viceversa, el rencor separatista de los catalanes hacia la Patria común e indivisible de todos los españoles? Confieso, no obstante, que soy eso que podríamos llamar un español de molde: tengo casi todos los defectos tradicionalmente atribuidos al español (y algunos más de mi propia cosecha), pero no ese, el de participar en la airada dialéctica del ofensor y el ofendido. Confieso también que a mí los nacionalismos, todos los nacionalismos –y particularmente el español, quizá porque lo conozco más de cerca–, además de estar fundados en una idea de ‘destino’ común (o peor aún, de ‘predestinación’) que no tiene un pase, además de eso, digo, los encuentro a todos, en mayor o menor medida, estrafalarios, ruidosos y de una retórica estomagante. El nacionalista patriota cuando está de buenas es o acaba siendo un plasta, y si además se ha tomado unas copas, siempre termina cantando himnos o canciones de fervor patriótico. Pero cuando está de malas, el patriota es un peligro. Y con copas, peor. Confieso, en fin, que, frente a esos ardorosos tenores de cualquier nacionalismo, prefiero a los hedonistas, los escépticos, los relativistas, los discretos, los que no dan voces, los que no tienen mal vino, los que ríen o sonríen, los que aman la vida por encima de las banderas, de los himnos, de las patrias y los patriotismos... Por cierto, hay una idea de patria(un poco antigua, es cierto) que sí comparto; la expresó Cicerón en cuatro palabras: Ubi bene, ibi patria. Algo así como: allí donde te sientas a gusto, allí está la patria. Más o menos.