viernes, 11 de marzo de 2016

la vida secreta de las palabras

     Ya lo he hecho aquí alguna vez, pero no está de más renovar los votos cada cierto tiempo y adquirir nuevos compromisos. Supongo que, al igual que nos sucede con las personas, cada uno siente debilidad o fascinación por determinadas palabras. A mí siempre me ha gustado paladear aquellas que con solo pronunciarlas se le hace a uno la boca agua. Es el caso de 'ambrosía', 'frambuesa' o 'muérdago', aunque 'magnolia', 'albaricoque' y 'bamboleo' también tienen lo suyo dentro. Luego están esas tan chispeantes y atrevidas como puedan ser 'frenesí', 'martingala' o 'barbitúrico'. Pero la que resulta imbatible en ese sentido es 'jitanjáfora', que lleva incorporados fuegos de artificio y efectos de luz y sonido. 'Churrigueresco' siempre ha tenido un punto desaforado y borrachuzo. 'Colibrí' es la más puntiaguda del diccionario. Y 'chapapote' la más espesa. Sin embargo, 'delicuescente' pertenece al ámbito de lo espumoso, de lo burbujeante. La primera vez que me encontré con el término 'taurobolio' experimenté una especie de arrobo fonético, como quien descubre restos de un idioma tan antiguo como el sánscrito o algo relacionado con la enjoyada Babilonia. 'Alabastro' y 'lapislázuli' emergen de un mundo sinuoso y resbaladizo, como jabones mojados que no hay modo de atrapar al vuelo. 'Linóleo' goza para mí de un gran prestigio literario, pues va asociado en mi memoria al suelo de la oficina del detective Philip Marlowe en las novelas de Raymond Chandler. Y de igual modo que Malena es nombre de tango, 'mórbido', 'ebúrneo' y 'turgente' son adjetivos de mucha voluptuosidad sonora. 'Anacoluto' es directamente una guarrada, igual que 'sinalefa'. Por el contrario, 'hiperestesia' y 'peristilo' poseen una elegancia inefable, aunque de una fragilidad extrema, como hilillos de un humo claudicante que abandona el pebetero. 'Barahúnda' y 'batahola' tienen algo de tumultuoso, sí, pero con esa superflua hache intercalada que aporta un cierto aire como del viejo esplendor austrohúngaro. Por su parte, 'laurisilva', 'láudano', 'paladio' y 'zirconio' constituyen una suerte de gang-bang semántica, una cama redonda o lugar de encuentros fragantes y estupefacientes. Muy cerca de ahí está el gabinete sadomaso, donde los gritos de 'vírgula', 'mácula', 'mártir' y 'anémona' -a manos de 'acrimonia', 'bergamota', 'rapsodia' y 'wolframio'- estremecen el fino oído de las lexicógrafas. Tan es así que, tras una temporada de escucha y trabajo, las lexicógrafas necesitan retirarse unos días al balneario de las palabras convalecientes, el lugar donde se restablecen los adverbios, hacen cura de silencio los pronombres, toman las aguas los tiempos de subjuntivo. Allí reina la paz de una limpia sintaxis, y en sus campos semánticos predomina el verde. Luego vienen las sesiones tan reconfortantes de talasoterapia y masaje. 'Talasoterapia' no llegó a mis ojos y oídos hasta bien entrado el verano de 1995: "La clínica talasoterápica era un edificio rosa con un gran jardín lleno de palmeras", se lee en el capítulo 14 de Sostiene Pereira.