viernes, 10 de julio de 2015

entre las fumarolas del sueño

     Cuántas veces sucede que las cosas nos llegan por puro azar en el momento oportuno. Libros, películas, canciones o personas que aparecen cuando todo el trabajo previo estaba recién hecho para que algo, alguien, apareciera por sorpresa y ocupara ese espacio intacto. Creo haber traído aquí alguna vez la frase que le oí a una amiga: "como decimos en Cuba, todo lo que pasa es porque tiene que pasar." Discutible, sí, pero es cierto que en ocasiones sucede o aparece exactamente aquello que debería aparecer. ¿Tendrá ello algo alguna relación con ese aforismo zen según el cual 'el maestro surge cuando está maduro el alumno'? Claro que también hay quien le da la vuelta al argumento y asegura que es el alumno quien aparece cuando está maduro el maestro. Sea como fuere, hay sucesos y mañanas de abril con lluvia repentina que llegan cuando todo estaba listo para que eso sucediera. También hay viejos discos necesarios que reaparecen alguna tarde de julio en la penumbra quieta de la casa, cuando afuera los termómetros se acercan temerariamente a los 40º, y esas reapariciones evitan cometer algún crimen pasional o marcar teléfonos indebidos. Un lied de Schubert a su debido tiempo, o un soneto de Rilke por sorpresa, pueden evitar males mayores que estaban por suceder. Una noche de verano sin sueño puede llevarnos a la amanecida más hermosa del mundo. O casi. Es entonces cuando se acuerda uno de aquel verso tan limpio que todos leímos hace muchos años: "llegas como el rocío a las corolas." Una secuencia de Encadenados, o de Verano del 42, un disco de Coltrane, una sonrisa de Silvia Pérez Cruz en youtube, justo antes de empezar a cantar Paraules d'amor... Todo eso, si llega a su debido tiempo, puede ser tan oportuno como una farmacia de guardia o como una botella de whisky alguna mala noche. ¿Por qué cuento todo esto?  Pues muy sencillo. Yo suelo tener el tema de este blog desde casi el día siguiente de publicar el post anterior. Hoy, cuando esto escribo, es miércoles 8 de julio, y hasta hace un rato no tenía la menor idea acerca de qué demonios iba a escribir aquí. Ese es un viejo temor que todos los creativos de publicidad conocen bien: '¿y si no se me ocurre nada... presentable?' Hay quien lleva esa desconfianza hasta la paranoia, lo sé, aunque, por fortuna, ese no ha sido nunca mi caso. Pero es verdad que cuando pasan los días y no tengo tema... pues como que me incomodo, incluso me mosqueo conmigo mismo. Y así estaban las cosas hasta las cuatro y cinco de la tarde, hace una hora, más o menos. Me había quedado dormido con la radio encendida. De pronto, entre las fumarolas del sueño, me parece oír las notas de una guitarra que me suenan conocidas. A continuación, una voz familiar dice: "Túuu no puedes volver atrás / porque la vida ya te empuja / como un aullido interminable / interminable." Medio sonreí, pero sin abrir aún los ojos, quizá por precaución, para evitar que algo sucediera. Palabra tras palabra, fui acompañando mentalmente a Paco Ibáñez. Luego surgió la voz de Carles Francino, pero para entonces yo ya sabía cuál iba a ser el tema de este post: las cosas que llegan... cuando tienen que llegar.