Me había puesto las gafas para leer un whatsapp cuando en ese momento entró una llamada en el móvil. Un amigo. Sin dejar de moverme por la casa y hacer pequeñas tareas rutinarias, charlamos durante dos o tres minutos, no más. Esa fue la última vez que vi las gafas. Las eché en falta casi inmediatamente después. Es algo que me sucede a menudo, pero siempre aparecen al poco de iniciar la búsqueda. Esta vez ha sido distinto: todos en casa las hemos buscado sin dejar rincón ni estantería por escudriñar. Y así ha transcurrido un mes. Cada día que pasaba, el misterio iba en aumento. ¿Pero cómo es posible!, nos preguntábamos con incredulidad. Creo que si en lugar de unas gafas hubiera desaparecido una joya o algo de valor, todos en casa habríamos desconfiado de todos. Ante lo infructuoso de las batidas, abandonamos la búsqueda y me compré otras semejantes. Caso cerrado. Sin embargo, el sábado pasado, también al mediodía, reaparecieron sin necesidad de buscarlas. Estaban en el bolsillo interior de una americana que no me pongo desde hace años porque pienso que me queda grande, y además nunca sé cómo combinar, ni en qué casos ponerme, ni para ir adónde, ni con quién. ¿Cómo pudieron llegar mis gafas hasta ese bolsillo interior en la parte más oscura del armario? Sólo llevadas por mi mano, claro está. Ni que decir tiene que yo había buscado a palpas en los bolsillos de todas las camisas, de todas las chaquetas y prendas de abrigo colgadas en el armario. En todas menos en una, deduzco. Y tiene su lógica: esa chaqueta estaba libre de cualquier sospecha y quedó exenta de cacheo. Aunque, bien mirado, era el lugar perfecto para esconder algo, para hurtarlo a mi búsqueda, ya fuese una llave suelta o una foto inconveniente, un fajo de billetes o un número de teléfono en una servilleta de papel. A veces tiene uno la impresión, o mejor la sospecha, de que las cosas no desaparecen porque sí, sino porque desean perderse de vista, al menos por una temporada. Poco antes de que reaparecieran esas gafas me había entrado otro whatsapp, esta vez con una foto hecha a la entrada de una boca de metro: un guante rojo de mujer aparece en el suelo, impecable entre la suciedad, pero dispuesto de tal modo que más que perdido diríase dejado ahí a propósito, como una señal que sólo su destinatario sabría descifrar. ¿Y quién me envió esa foto? Pues el mismo con el que estuve charlando un mes atrás durante un par de minutos. Todo está secretamente relacionado de algún modo. Y no descartemos la idea de que el azar solo es otra lógica cuyas reglas aún no conocemos. Las leyes invisibles de la causalidad rigen nuestras vidas.
viernes, 25 de noviembre de 2016
viernes, 18 de noviembre de 2016
ni pena ni miedo
Esa divisa del poeta chileno Raúl Zurita -"ni pena ni miedo"-, excavada en el salitre del desierto de Atacama, con una longitud de más de tres mil metros, quisiera yo hacerla mía en estos tiempos de tribulación en que el retroceso avanza por todas partes, en todos los órdenes. La semana pasada, tras conocerse los resultados electorales en EE.UU, el Nobel de Economía Paul Krugman escribió: "Resulta tentador llegar a la conclusión de que el mundo se va al infierno, pero como no se puede hacer nada al respecto, ¿por qué no limitarse a cuidar del jardín?" Y en verdad es tentadora esa idea de la renuncia (que el propio Krugman rechaza), del abandono ante lo inevitable. Después de todo, si la suerte está echada... para qué librar esa batalla perdida de antemano. Incluso tendría su estética. No sé si estaremos aún a tiempo de reaccionar frente a ese mundo de pesadilla que ya se deja ver sin recato ni disimulos. Los patrocinadores de esa irresistible ascensión se sienten fuertes, seguros de su empresa, y mientras aquí nosotros languidecemos de melancolía, hace tiempo que ellos están entrando a saco en el templo. Y además con todas las de la ley. En una escena de esa maravillosa película que todo aficionado al cine debería ver ya mismo, Historia de una pasión -A Quiet Passion-, Emily Dickinson se lamenta amargamente ante su hermana: "Vinnie, ¿por qué el mundo se ha vuelto tan feo?" Y más feo que se va a poner. Si las cosas son lo que parecen, la que se nos avecina es de una fealdad intolerable. Pero, mira por dónde, quizá esa necesidad de defender un mínimo de elegancia estética, y por tanto moral, nos lleve a algunos diletantes estetas hedonistas a tener al fin un gesto teatral y hermosamente inútil (o no) frente la barbarie. Me estoy poniendo estupendo, lo sé, y me encanta, casi que me excita la libido de este jueves 17. Es mediodía y el cielo de Madrid que veo a mi izquierda, tras la ventana, resulta un escándalo de puro azul limpísimo, guilleniano. Mientras escribo, suena una vez más Marin Marais, la banda sonora de Tous les matins du monde. Nada que ver pues con esa basura, con esa distopía tan amenazadora. Y bien mirado, quizá este post haya sido un malentendido por mi parte, una falsa alarma. Y además, ¿quién dijo miedo? Ni pena ni miedo. Así las cosas, si hay que elegir una canción, qué mejor en estos días que una de Leonard Cohen recreada en Omega por el gran Morente: "Primero conquistaremos Manhattan / después conquistaremos Berlín."
viernes, 11 de noviembre de 2016
instrucciones de uso para una día de lluvia
El pasado martes 8 dejé escrito aquí un borrador inacabado que, leído ahora sin más, resultaría de una frivolidad irritante, incluso parecería una deliberada provocación por mi parte, casi como aquello tan célebre que anotó Kafka en su diario el 2 de agosto de 1914: "Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, escuela de natación." Hecha la pertinente advertencia, esto fue lo que escribí, tal cual: Sales de buena mañana para hacer unas gestiones y a eso de las once ya tienes todo resuelto. Es así como te encuentras con tres horas libres de cargas con las que no contabas. Esta lluvia mansa de noviembre invita a abrir el paraguas y pasear por la Gran Vía hasta Callao. Y aquí el relato se bifurca: si vas solo, que es lo normal, el paraguas es todo tuyo y tú gobiernas el paso, el ritmo, la dirección, las pausas ante los escaparates, dónde tomar un café, el tiempo que permaneces curioseando en una librería; pero si te has encontrado con alguien, pongamos con una vieja amiga (que ya es casualidad), y te has ofrecido gentilmente a acompañarla, tienes que ajustar tu paso al suyo, coordinar la cadencia de los andares, atender las inflexiones de su voz, mirar por ella. Esa es una tarea sutil y delicada que rara vez sucede, y que casi nadie practica ni disfruta. El paraguas amplio (jamás plegable) ha de situarse a la altura precisa y con el punto justo de inclinación para crear esa campana de intimidad que favorece el diálogo, el bienestar compartido. Es un combinado de geometría y musicalidad, de miradas oblicuas y pequeños detalles. Cruzáis un semáforo y al llegar a la otra acera percibes, percibís, que algo ha cambiado: apetece seguir paseando juntos un rato más. Y si suena el móvil, se le ordena callar. O mejor, silenciarlo previamente, igual que hacemos en el cine. Y ello estaría justificado, pues algo como de película es lo que sucede en ese pasear bajo el paraguas a media mañana de un lunes lluvioso. La sensación cinematográfica se percibe de pronto al pisar la primera franja amarilla en un paso de cebra. O al veros reflejados en la luna de los escaparates al pasar, conviviendo unos instantes con los maniquíes...Y hasta aquí llegó el amable paseo dejado en suspenso, interrumpido acaso por una llamada inoportuna o por falta de inspiración. No sé cómo sería ese final. Quizá se despidieron en la boca del metro y cada uno se fue por su lado. O acaso procedía un café y entraron en un Starbucks. O en una panadería, como hacen Jack Nicholson y Helen Hunt al final de Mejor imposible. A la salida, habría dejado de llover. Sube la música y empiezan a entrar los títulos de crédito. El plano se va abriendo, se va abriendo... The end.
viernes, 4 de noviembre de 2016
rojo sobre negro
En estos casos suelo contar lo de un compañero mío que tenía por norma dejar pasar el tiempo hasta que se acercara el momento de presentar la idea, el concepto creativo, la campaña. Si disponía de 48 horas, esperaba a los últimos 45 minutos para tomarse tres cafés dobles, fumar ansiosamente un cigarrillo tras otro y, con gesto atormentado, garabatear en el último momento unas pocas líneas definitivas. Recurro a esto para ir llenando el espacio en blanco y hacer como que escribo, antes de admitir la realidad: que hoy no tengo tema, ni ganas de salir a buscarlo. Podría acudir a borradores no publicados, o refugiarme en espacios de confort. También podría hablar de política y despacharme a gusto, pero hace tiempo que decidí no pisar más ese terreno, por las mismas razones que dejé de fumar: me sentaba mal y temía sus consecuencias. Con la política me ocurre otro tanto: si digo lo que realmente pienso, ello no me traería nada bueno, ni agradable. Mejor dejarlo estar y mirar hacia otro lado. Mirar, por ejemplo, hacia algún instante prodigioso, de esos que la vida nos depara ocasionalmente a los mirones. Pongamos por caso lo sucedido durante unos segundos el pasado lunes, a media tarde, en plena calle, junto al Café de La Paix, en París. Como quien ha salido de la pantalla de algún cine cercano -a la manera de La rosa púrpura de El Cairo-, aparece una figura portentosa de casi dos metros de estatura: un negro con traje negro, negro sombreo de ala ancha y algo así como un foulard rojo vivo anudado a la cintura. Una mezcla de atleta, modelo y bailarín de Broadway. Estacionado en la acera, levanta el brazo izquierdo en señal de aviso a un coche que se aproxima. Yo no había visto a nadie, lo juro, levantar un brazo de ese modo, con tal soberanía. El coche se detiene a su altura. Nuestro hombre abre una puerta suavemente y salen dos niños y una mujer, blanca, rubia, bien vestida. Mi mujer y yo observamos la escena desde la otra acera. Todo sucede como en un tempo diferente, en una atmósfera de irrealidad o ensueño. Acto seguido, los cuatro echan a andar. El hombre lleva de la mano a uno de los niños. Sus movimientos, sus andares, son a la vez elásticos y majestuosos, eurítmicos, coreográficos, como si en lugar de caminar se deslizara por la pista de baile o de hielo. Por dos veces volví la vista hacia él. A lo lejos, su alta cabeza, su sombrero, sobresalían aún entre la multitud.
viernes, 28 de octubre de 2016
pequeñas cosas
Frases, ideas, notas, viñetas, versos, fragmentos y otras breverías constituyen un mosaico cambiante, un caleidoscopio que me acompaña siempre. Yo mismo lo genero al fijar la atención en esto y no en aquello, al marcar un párrafo o anotar algo. Sería un buen tema para tratar con el psicoanalista (que no tengo) y averiguar por qué se queda uno con esta parte y no con las demás. Aunque tal cosa nos llevaría a una divagación de largo recorrido, y no están los tiempos para eso. Mucho antes de que se impusiera el tweet de 140 caracteres ya nos había recomendado el aforista Jerzy Lec que "seamos breves", porque "el mundo está superpoblado de palabras." De palabras y de casi todo lo demás, cabría decir hoy. A lo que iba: si echo un vistazo a los papeles y notas que menudean por aquí, me encuentro con una frase definitiva que Augusto Monterroso pone en boca de la esposa de un intelectual: "cuando no se le ocurre nada escribe pensamientos." Todo lo contrario a la respuesta dada por Eduardo Mendoza en una entrevista reciente: "hay que saber callarse a tiempo; yo en eso estoy trabajando." No es fácil callarse como sabe hacerlo Mendoza. Quizá sea querencia de mirón pero no puedo callarme ahora el título de un libro que me persigue desde que supe de su existencia: Te miro para que te quedes. De haber sabido que su autor, Andrés Barba, tenía en mente ese título, le habría sondeado a fin de permutárselo por uno de mi propia cosecha. Con ese título tendría yo para escribir durante toda una temporada otoño-invierno, y más allá. En fin. Me consuelo con traer aquí el título de una canción de Bob Dylan, It takes a lot to laugh, it takes a train to cry ("Cuesta mucho reír, basta un tren para llorar") que Ray Loriga ha recordado en un emocionado artículo. Sigamos. De Raúl Zurita -poeta enorme al que leo en estos días gracias a mi cuate Paco Layna- se me han quedado en la memoria dos versos que suenan a grafiti: "han destruido tantas cosas que/ solo los sueños parecen despertarnos." Sin embargo, de todo lo que he anotado últimamente, nada contiene tanto en tan poco espacio como este lema de Daimler (Mercedes Benz) comentado por el sutil Vicente Verdú: "claridad sensual"; o sea, eros y logos, ligereza y densidad, racionalidad y emoción. Y ya que tenemos el 1 de noviembre a vuelta de página, nada resulta más propio que acabar con un epitafio como este de Tennessee Williams, tan poético, que hace de la fragilidad un explosivo: "Las violetas en las montañas han roto las rocas." Pero, tranquilidad, queridos míos, porque también aparece por aquí este diálogo: "Un día vamos a morir, Snoopy." "Sí, Charlie, pero los otros días no."
viernes, 21 de octubre de 2016
mientras los demás duermen
Si damos por bueno que lo que no se recuerda es como si no hubiera existido, y que no todo lo recordado existió realmente, entonces ¿dónde empieza y acaba la responsabilidad de cada uno? Y eso nos lleva a una cuestión que antes o después nos sale al paso: ¿cuándo prescriben los actos (y las omisiones) en la conciencia? Si la pena máxima son 30 años de prisión, no parece justificado mortificarse por algo que sucedió hace una eternidad. Quizá deberíamos ser más compasivos con nosotros mismos y perdonarnos aquello cuya penitencia ya cumplida exceda al daño causado. Una mala noche la tiene cualquiera. Y unas copas de más, también. ¿Quién, en la alta madrugada, no ha apuñalado por la espalda a su mejor amigo? ¿Quién, en la fiesta de Navidad de la empresa, aprovechando la confusión, no ha besado apasionadamente a la mujer de su jefe y le ha propuesto una fuga loca a la Riviera Maya? Si cada uno tuviese que responder de sus deseos más inconfesables, habría que establecer de inmediato el infierno en la Tierra. Aunque, si bien se mira, ¿qué otra cosa son las pesadillas sino el castigo a nuestros secretos anhelos movidos por la codicia, la envidia, la lujuria, el rencor? Por otra parte, cómo no sentir desasosiego al saber que cada cierto tiempo aparece alguien que ha pasado la juventud en la cárcel por un delito que no cometió. Pero también, ¿por qué pecados ajenos cumplo yo penitencia con mis horas insomnes? El mundo no está bien hecho: mis desvelos nocturnos están pagando el karma de otro, de otros. Al principio me resignaba a ello como algo inevitable; pasado un tiempo, para resarcirme un poco, me aficioné a dejarme llevar por fantasías que, de conocerse, perjudicarían seriamente mi reputación. Así pues, ante un castigo que no responde a delito ninguno, mi justicia poética consiste en fantasear con atrocidades y perversiones que sonrojarían al más desvergonzado de los libertinos. No voy a entrar en detalles escabrosos, claro está, pero confieso que mangoneo a mi antojo en los escrutinios electorales, hago saltar la banca de los casinos, vacío cuentas en paraísos fiscales, arruino de la noche a la mañana a los Donald Trump del mundo. A cambio, financio causas justas y lleno las arcas de Médicos sin Fronteras, Amnistía Internacional, Acnur, Save the Children, Greenpeace... Aunque también, ay, convertido en el hombre invisible, me deslizo como una sombra trémula en las alcobas de las bellezas más deseadas. Y de ese modo tan grato, tan dulce, espero a que el sueño me llegue mirando a las estrellas.
viernes, 14 de octubre de 2016
musas
Es curioso, en lo que va de semana he escrito suficientes posts como para irme un mes a Isla Mauricio sin tener que ocuparme de la confesión de los viernes en este blog. ¿Afán acaparador, síndrome de la despensa llena? No, no lo creo; soy más cigarra que hormiga. ¿Laboriosidad japonesa? Eso sería algo contra natura en mí. ¿Entonces? Supongo que las musas andan sueltas y vienen a rondarme todas a un tiempo. Las musas de otoño son las preferidas de la madurez, las más voluptuosas y tentadoras, como tardías chicas de Ipanema que viniesen a sugerirnos ideas un poco locas, desacostumbradas, o nos soplaran al oído melodías muy dulces que a veces, ay, son cantos de sirenas. Pero ¿a quién no le tientan los cantos de sirenas? Y más aún a estas edades del hombre. ¿No es de una gozosa promiscuidad juvenil escuchar seis u ocho cantos a la vez y tratar de transcribirlos? Aunque también, en este caso, pudiera tratarse de un recurso para mirar hacia otro lado y evitar así la mala conciencia por las cosas dejadas en blanco, a medio hacer, abandonadas... Recuerdo haber leído que el prolífico Vázquez Montalbán escribía de pie, y que tenía en su estudio varias máquinas de escribir en otros tantos atriles por las que iba pasando de una a otra con toda naturalidad. Por ejemplo, dejaba a Pepe Carvalho haciendo la compra a media mañana en el mercado de La Boquería y en la olivetti más próxima completaba un artículo para la revista Por Favor; en la siguiente, el compromiso semanal con Mundo Obrero; dos pasos más allá, le esperaba la columna de El País. No sé si su poesía también entraba en ese trasiego. Habrá quien considere que así no se puede escribir, que no es serio, pero yo pienso todo lo contrario: claro que se puede, y además, esa manera alterna y discontinua, ese escribir a brincos, da mucha agilidad y a menudo produce sinergias insospechadas. Pasar de rosa al amarillo, o de las musas al teatro en horas veinticuatro, aviva el seso tanto como (supongo) tener activos tres amores a la vez, varios domicilios, cuatro o cinco pasaportes, distintas dedicaciones. Si de escribir hablamos, nada me resulta tan excitante como mantener abiertos en el ordenador media docena documentos e ir pasando de uno a otro con esa desenvoltura de quien entra y sale alegremente de los bares. Qué gozo interrumpir un largo correo de mucha complicidad para contestar a otro recién entrado, o añadir algunos versos al borrador de un poema, o rematar este post, o empezar uno nuevo. ¿No es este vaivén un regodeo en la concupiscencia? Y si además llegan de pronto todas las musas del otoño... Entonces esto se convierte en una orgía.
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