En La juventud, esa hermosa película de Paolo Sorrentino, los dos viejos amigos que interpretan Michael Caine y Harvey Keitel solo se cuentan las cosas buenas de la vida, para de ese modo evitar que el otro se preocupe innecesariamente o pase un mal rato. Y bien mirado, no me parece mala idea, siempre y cuando, claro está, el remedio de la ocultación no sea peor que el dolor que se pretende evitar. Ya sé que esto no está demasiado bien visto, y seguramente sean mayoría quienes afirman que hay que decir siempre y en todo momento la verdad, aunque duela, y llamar al pan pan y al vino vino. Vale, de acuerdo, no digo que ese principio no sea moralmente irreprochable, lo es, pero quizá haríamos más agradable la vida de quienes nos rodean si les evitáramos esos malos ratos innecesarios que a nada conducen y con los que nada (bueno) se obtiene a cambio. Confieso no ser ni haber sido nunca partidario de la redención a través del dolor, ni he creído aquello de la letra con sangre entra, ni menos aún que quien bien te quiere te hará llorar. Por el contrario, aprecio tanto el alivio, la analgesia, los paliativos, el consuelo, las amabilidades... como las cosas mejores o más proteicas de este mundo: el esplendor, la plenitud, la exaltación, la belleza. Se trata, pienso yo, de hacer la existencia menos afligida en lo posible, más llevadera. Una vuelta de tuerca, o dos, a la ocultación de las penosas verdades cotidianas nos conduciría a aquel diálogo memorable de Johnny Guitar, cuando Sterling Hayden, borracho pero lúcido, le dice a Joan Crawford: "Miénteme, dime que me has estado esperando todos estos años." Y si lleváramos al extremo el recurso de las mentiras piadosas, llegaríamos a recrear una ficción como la de Good bye Lenin, donde el buen hijo hace lo imposible para que su madre, comunista insobornable, no descubra al despertar lo sucedido en la Alemania del Este (caída del muro y triunfo del capitalismo) durante los meses que ella ha permanecido en coma. ¿Adónde quiero llegar con todo esto? Supongo que lo que trato de decir es que la vida ya de por sí trae demasiadas penalidades, y que no parece razonable añadir dolor al dolor, renunciando a las leves narcosis, masajes, cuidados o atenciones que la propia vida nos depara para aliviar nuestros pesares. Y esos alivios pueden venir de unas manos o un cuerpo, sí, pero también de una voz como un río, de una canción simple o una mirada que nos acoge como una piscina de aguas termales. Parecer poca cosa, lo sé, pero suficiente para llenar de luz un instante y aferrarnos a ese desbordamiento sin parpadear siquiera, aunque se nos escape alguna lágrima de júbilo, de esa pura alegría que invade.
Simple Song #3 - Sumi Jo (Youth's Soundtrack) - La giovinezza (colonna sonora finale) - YouTube
viernes, 29 de enero de 2016
viernes, 22 de enero de 2016
dice Vicente Verdú
Dice Vicente Verdú en uno de sus pensamientos breves: "He notado, desde hace años, que cuando espero con anhelo una noticia buena llega una mala. Pero, también, cuando temo la mala, aparece la buena." Y añade: "Prueba del revés y los reveses de que se alimenta lo real. ¿Cierto? ¿Falso? ¿Retórica del deseo?" Certezas aparte, parece como si un principio invisible aplicara la ley del péndulo a las expectativas y a los temores. Da un poco de miedo hacer pronósticos optimistas o confiar en que habrá buenas noticias en relación con esto o aquello. Casi es mejor hacerse el distraído y mirar para otro lado como el que nada espera. O incluso ponerse fatalista y parecer cenizo. De lo contrario, diríase que va uno pidiendo guerra, desafiando a las potestades. Se trata de no ponernos estupendos y evitar así el llamar la atención de los dioses, siempre dispuestos a cortar de raíz la menor veleidad de los humanos. Quizá esto tenga que ver con lo de la mala salud de hierro y otras aparentes paradojas, pero también con los ciclos (siempre que llueve escampa), y con las leyes de la física (todo lo que sube baja), y con eso que rara vez sucede y que llamamos justicia poética (donde las dan las toman). Así las cosas, ¿quién se atreve a arriesgar un pronóstico alegre y confiado para la actual legislatura apenas estrenada? Con esa diabólica aritmética parlamentaria, ¿quién se anima a susurrar siquiera un deseo, a mostrar en público una ilusión razonable en favor del buen sentido que inspire al nuevo Gobierno, sea este el que sea? Conociendo las destrezas del infortunio, no me atrevo a hacerme ilusiones, por más que en algún momento pudiera parecer que, aunque remota, hay alguna posibilidad de no salir mal del todo. No. Es preferible temerse uno lo peor y esperar al telediario para que nos anuncie la mala nueva una vez más. Luego vendrán 'los mercados' a confirmar los peores augurios. A ver si de ese modo, con la cabeza agachada y la cerviz ofrecida al sacrificio, el fatum nos ve tan sumisos que se apiada de nosotros y nos concede una tregua, una dádiva. No olvidemos que las muestras de alegría son toda una provocación para el aciago demiurgo. Nunca lo admitiré de viva voz, pero confieso que, en los devaneos del duermevela, le doy tiza al taco, compongo la postura más barroca del billar y permito que la fantasía acaricie insospechadas carambolas de la aritmética parlamentaria y de la geometría variable. Aunque todo ello sucede al amparo de la noche ciega, allí donde es posible la impunidad de los secretos más inconfesables, y aun de los deseos más nobles y desacostumbrados. Pero, por favor, silencio, no despertemos a la fiera.
viernes, 15 de enero de 2016
pentimento
"La antigua pintura al óleo, al correr del tiempo, en ocasiones pasa a ser transparente. Cuando esto sucede, es posible, en algunos cuadros, ver los trazos originales: aparecerá un árbol a través del vestido de una mujer, un niño abre paso a un perro, un barco grande ya no se ve en un mar abierto. A esto se le llama 'pentimento' porque el pintor se arrepintió, cambió de idea." Con estas palabras tan sugerentes comienza la novela de Lillian Hellman titulada precisamente así: Pentimento. Pero eso no sólo sucede en la antigua pintura al óleo. Al correr del
tiempo, sí, la memoria trasluce olvidos, deja ver cosas que se nos
habían despintado. Y en efecto, a través del vestido de una mujer aparece algo, alguien, quizá la propia mujer. O tal vez otra. La memoria tiene muchas veladuras, y hay recuerdos que con los años se difuminan hasta desvanecerse en ese mar
abierto. Es un vaivén que lleva de la memoria al olvido, y del olvido a no se
sabe dónde, y de ese desconocido más allá al más acá de nuevo, regresado, pero ya no es lo mismo, no, aunque tampoco enteramente otro. Lo que le ocurre al recuerdo en ese viaje de
ida y vuelta es un misterio. La memoria trabaja mucho por su cuenta, y hay cosas de
las que se arrepiente y abandona; a cambio incorpora otras dudosamente ciertas que recoge al pasar.
Pero arrepentirse forma parte del juego, incluso diría que en el vivir de cada
uno hay siempre un cupo destinado al arrepentimiento. Y quizá eso constituya una forma
de soltar lastre y mantener un cierto equilibrio interior. Aunque no tengo claro si el hecho en sí de arrepentirse limpia o envenena. Es posible que haya un
fondo de masoquismo en ello, en el dolor que nos infligimos al arrepentirnos de
algo. Y qué decir de esos pentimenti
que aparecen antes incluso de cometer el fatídico acto; o al
contrario, los que se producen por no intervenir a su debido tiempo, por rehusar o
abstenerse uno. Estos últimos son los peores, los que más atormentan. Si
fuésemos más sabios, más estoicos, no practicaríamos el ejercicio del arrepentimiento: nos entregaríamos a la fatalidad de los hechos,
a la indolencia ante lo inevitable de lo acontecido. Seríamos cínicos y
elegantes. ¿Estaremos aún a tiempo de rectificar? Demasiado tarde, creo yo. Y además, ¿cómo hacerlo? ¿Arrepintiéndonos de habernos arrepentido? ¿O
no arrepintiéndonos ni siquiera de nuestros más penosos o innecesarios arrepentimientos?
Complicado asunto. Voy a dejarlo aquí, antes de que me arrepienta de haberme
metido en este jardín, y eso me lleve a borrar todo lo escrito y empezar de
nuevo. Sería el cuento de nunca acabar.
viernes, 8 de enero de 2016
publicidad, felicidad...
Como es costumbre en esta época del año, durante las últimas semanas los anuncios de perfumes han desbordado los espacios publicitarios de las televisiones. Loewe, Armani, D&G, Marc Jacobs, Calvin Klein, Hugo Boss, Chanel, Carolina Herrera, Ives Saint Laurent... En mayor o menor medida, todos prometen lo mismo: suscitar el deseo (tanto en el hombre como en la mujer) y alcanzar el éxtasis. Un deseo avasallador, ingobernable, y un éxtasis que alcance el nivel 10 en la escala Richter de los orgasmos más allá de Orión. Y frente a esa promesa -incluso como hipótesis o mera fantasía- nada se puede hacer para neutralizar su devastadora capacidad de sugestión. ¿Quién puede sustraerse al efecto aspiracional de, por ejemplo, el anuncio de Dolce & Gabbana de estas navidades? Ni queriendo puede uno renunciar del todo a rozar ese paraíso de párpados caídos, labios anhelantes, estremecidos vientres... Ya sabemos que la felicidad no es eso, no es eso, sino algo mucho más apacible y duradero, pero ¿qué pueden hacer la razón o el buen sentido frente a la mera posibilidad (aunque sea remota, una entre mil) de ese goteo de oro candente en las entrañas, ese placer tan abrasivo que intuimos en el relato publicitario, cada vez más explícito? La universalización del acceso al porno a través de Internet nos ha educado mucho la mirada a todos -mirones o no- y ha desencadenado un imaginario erótico de altísimas prestaciones para todos los públicos. Ello ha contribuido no poco a que la familia unida pueda contemplar sin el menor empacho ni rubor media docena de spots consecutivos donde tiene lugar la promesa de los más cegadores orgasmos. Hace apenas tres décadas esto hubiera resultado ciertamente incómodo en la sobremesa navideña de casi cualquier familia. Pero es un hecho cierto que aquí ya nadie se conforma con un polvo normal y corriente, doméstico, de clase media. No. Ahora, por mor de las fragancias y las ensoñaciones, todos aspiramos a ascender a los cielos del placer con la diosa Charlize Theron, como D'ior manda. Pero la idea ya ha sido asumida, y la sociedad está madura para hacer realidad (virtual, claro) esa fantasía. A no mucho tardar, entraremos en una cabina, nos acomodaremos en una butaca muy ergonómica, nos pondrán un casco y gafas con sensores y elegiremos entre todos los perfumes aquel que deseamos aspirar, sentir, gozar. Una experiencia memorable de marca con Charlize o con Scarlett, o con David Gandy, el modelazo del anuncio, y su fabulosa chica en el spot de D&G Light blue. Claro que, para los más codiciosos, también estará disponible la versión orgiástica del tótum revolútum. Y todo ello con solo destapar el frasco de las esencias que el deseo nos pida. De la cabina saldremos extenuados, sí, pero con la expresión inefable de quien, por unos minutos, ha robado el fuego sagrado a los dioses. ¿Alguien cree que exagero? Para demostrar que no es así, aquí os dejo este regalo de Reyes.
Emporio Armani Rapture for women on Vimeo (mejor, véase a toda pantalla)
Emporio Armani Rapture for women on Vimeo (mejor, véase a toda pantalla)
jueves, 31 de diciembre de 2015
para una novela que no escribiré
Esta es la historia de un plagiario inverso, un prodigioso
imitador de estilos literarios capaz de hacer pasar por obras inéditas de
grandes maestros textos enteramente escritos por él. Así empezaría, más o menos, la sinopsis que
habría de figurar en la contraportada del libro. Luego iríamos viendo cómo ese
hombre gris de edad indefinida, discreto profesor de literatura, no ha logrado
publicar ni una sola de sus novelas o alguno de sus relatos, pero las musas le
agraciaron con el don de imitar voces literarias de tal modo que ningún especialista sería capaz de
detectar la impostura, tanto en la forma, el ritmo, el tono o la sintaxis como
en los contenidos narrativos. Todo empezó como un juego, un mero pasatiempo,
pero aquella tarde en que probó a escribir un relato ‘a la manera de
Borges’, no tardó en darse cuenta de que lo que le estaba saliendo era puro
Borges destilado, y además de su mejor época, la de El Aleph, la de Ficciones. Pero la cosa no quedaría en eso, en un
consumado imitador de Borges. Por seguir con el juego, probó con Juan Rulfo, y
lo que salió de allí fue algo que ningún experto en Rulfo pondría
en duda que esos dos relatos titulados Silverio Collantes y La muerte espera son dos joyas inequívocas pertenecientes al mundo mítico de El llano en llamas, al parecer desechadas por su autor y 'venturosamente aparecidas', se diría. Pero quizá el mayor virtuosismo en el arte de suplantar
de nuestro insospechado camaleón literario sería el exhibido en las 23 cartas
secretas (salvadas del fuego por una mano anónima) que intercambiaron Idea Vilariño y su amante Juan Carlos Onetti entre marzo de 1957 y octubre del 58. Esa correspondencia apócrifa no es
la obra de un falsificador genial sino la de un verdadero creador que se apodera del alma de Onetti y de
Vilariño (o ellos se apoderan de la suya) y pone en boca de estos las palabras
que acaso nunca se dijeron, pero que bien se pudieron decir. Todo ello –la genial impostura, las obras 'recuperadas', las rentables operaciones editoriales- acaba teniendo una finalidad que sólo se
descubre en los últimos capítulos: nuestro anónimo hombre gris de mediana edad
avanzada no tiene amor ni amante pero sí una alumna de 15 años de
muslos bien torneados, sonrisa húmeda y mirada perturbadora. Y como
él no puede ni quiere reescribir Lolita,
puesto que sería su perdición, gana tiempo (y dinero) escribiendo a la manera
de Onetti o de Lezama Lima, a la espera de que la nínfula cumpla los 18, y así evitar la acusación, el juicio y la cárcel. Tiene por delante dos años y cinco meses para crear variadas obras maestras. Pero diríase que ella lo sabe y va a hacer lo
imposible para acortar los plazos y ser realmente Lolita, "luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta."
jueves, 24 de diciembre de 2015
de buen mal humor
¿El mal humor es proclive a la rebeldía, al ímpetu de la revuelta? Pudiera serlo. Si así fuera, yo he pasado una temporada -coincidiendo con la campaña electoral- inusualmente malhumorado, como poseído por un estado de rebelión casi adolescente. El mero hecho de ver u oír a determinados personajes del panorama político español (o a sus palmeros más acreditados) me irritaba hasta el sarcasmo, o incluso el exabrupto. Sospecho que el mío no es un caso aislado; cada cual tiene sus propias fobias. Pero ese mal humor de gesto adusto, esa "cólera de un español sentado" ante el telediario o el ordenador no deja de ser un derroche de energía, un alarde de pasión más propio de los impetuosos veinte años que de la sosegada edad. Y es ahí donde quería llegar, a esa relación casi reconfortante entre el airado descontento y la exuberancia juvenil que implica. Es un hecho cierto que la indignación revitaliza al indignado, lo saca del dulce sopor o del apacible bienestar y lo devuelve de algún modo a la edad de las audacias y de los excesos. La ira, como el loco amor - "desmayarse, atreverse, estar furioso", otra vez Lope-, son arrebatos juveniles que a veces irrumpen por sorpresa como caballos en el palacio de invierno. Imprudente, sin duda, pero hermoso; arriesgado, pero excitante. Puestas así las cosas, me veo en el deber de mostrarme agradecido a mis bestias negras de la campaña electoral, porque gracias a ellas me siento rejuvenecer, como Cary Grant en aquella comedia de Howard Hawks. Y tirando de ese hilo, quizá la fórmula para recuperar los ardores juveniles consista en mantener viva una continua campaña electoral, con todo su ruido y su tensión nerviosa. Estresante, desde luego, y agotador, pero revitalizante y energético como un potente concentrado de endorfinas, ginseng y jalea real. No daré nombres -¡es Navidad!-, pero estoy seguro de que si veo el telediario... en cuestión de minutos regresarán a mí el ardor guerrero y a la pulsión erótica de los alegres días. Por cierto, había una canción en aquellos años que quizá algunos recuerden: "Manda rosas a Sandra que se va de la ciudad", decía el estribillo. Pues bien, voy a tener que mandar rosas a todos y a todas las Sandras que, tanto si se van como si se quedan, me devuelven la ardorosa pasión, nunca perdida, es cierto, aunque sí atemperada. De modo que, en estos días tan familiares y a la vez expectantes, sólo puedo desearles feliz Navidad y rosas frescas, en agradecimiento por esa rebeldía saludable que suscitan en mí, por ese despertar de la beligerancia y el alegre enfado que sin ellos... no sería lo mismo. Paz, amor, humor.
viernes, 18 de diciembre de 2015
suena el teléfono
...Tres, cuatro, cinco, seis veces suena el teléfono y nadie lo descuelga. ¿En cuántas películas hemos visto esa imagen? Un teléfono que suena y suena sin que nadie responda es angustioso. De esa llamada puede depender la vida del protagonista o el futuro de una historia de amor. Mientras suena el teléfono los espectadores contenemos la respiración, como para no interferir. Porque, aunque las posibilidades sean mínimas, mientras siga sonando habrá un hilo de esperanza. Siempre puede aparecer una mano que en la última décima de segundo levante el auricular y evite la catástrofe. O la tristeza infinita. Una variante de esa llamada infructuosa sería cuando sale una voz que dice "en este momento todas nuestras líneas están ocupadas; por favor, permanezca a la espera." Abusarán de nuestra paciencia, sin duda, y, como les ocurría en Casablanca a los que aún no habían conseguido un visado, tendremos que esperar, esperar, esperar... Le entran ganas a uno de dejarse de músicas celestiales y asaltar la centralita o tomar por las bravas el servicio de atención al cliente. No sucederá tal cosa. Envejeceremos esperando. Pero volvamos a esa llamada que suena sin que nadie la recoja. Desconocemos si descolgar ese teléfono será un error irreparable o, por el contrario, el no llegar a tiempo nos salvará de un cúmulo de calamidades que se habrían desencadenado fatalmente. Elegir es terrible. Y no elegir, también. Pongámonos en situación. La casa está vacía (o lo parece). Suena el teléfono. A partir del tercer tono, la esperanza de que alguien responda empieza a decrecer. A partir del quinto, se convierte en una angustiosa llamada de socorro. Sin embargo, hay algo de poético, aunque desolador, en ese teléfono que suena para nadie. O más dramático aún: en ese teléfono que tenemos al alcance de la mano y dejamos que suene sin mover un dedo. Eso mismo es lo que ha ocurrido aquí hace unos minutos: estaba tecleando "esperar..." cuando ha sonado mi móvil. Compruebo que es un número desconocido que no figura en mis contactos. Dudo si responder o seguir escribiendo. ¿Y si fuera la llamada de una joven y apasionada seguidora de este blog que quiere conocerme? El que no se consuela es porque no quiere. Pero también pudiera tratarse de uno de esos sucios bromistas que gozan escuchando en silencio al interlocutor que pregunta una y otra vez: '¿Síii?' '¿Quién es?' '¿Oiga?' A veces se les oye respirar, incluso sonreír. Aunque yo prefiero esas otras llamadas que no llegan a realizarse, pero que están ahí, latentes. Creo que ya he traído alguna vez aquel graffiti: "si no suena el teléfono, soy yo." Puede uno pasarse media vida haciendo esas no llamadas, dejando esos silencios, tan nuestros, a la caída de la tarde. Porque de igual modo que cada uno tiene su propia voz, también tiene su propio silencio. Sí, a veces casi es mejor que no suene el teléfono. O dejarlo sonar.
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