...Tres, cuatro, cinco, seis veces suena el teléfono y nadie lo descuelga. ¿En cuántas películas hemos visto esa imagen? Un teléfono que suena y suena sin que nadie responda es angustioso. De esa llamada puede depender la vida del protagonista o el futuro de una historia de amor. Mientras suena el teléfono los espectadores contenemos la respiración, como para no interferir. Porque, aunque las posibilidades sean mínimas, mientras siga sonando habrá un hilo de esperanza. Siempre puede aparecer una mano que en la última décima de segundo levante el auricular y evite la catástrofe. O la tristeza infinita. Una variante de esa llamada infructuosa sería cuando sale una voz que dice "en este momento todas nuestras líneas están ocupadas; por favor, permanezca a la espera." Abusarán de nuestra paciencia, sin duda, y, como les ocurría en Casablanca a los que aún no habían conseguido un visado, tendremos que esperar, esperar, esperar... Le entran ganas a uno de dejarse de músicas celestiales y asaltar la centralita o tomar por las bravas el servicio de atención al cliente. No sucederá tal cosa. Envejeceremos esperando. Pero volvamos a esa llamada que suena sin que nadie la recoja. Desconocemos si descolgar ese teléfono será un error irreparable o, por el contrario, el no llegar a tiempo nos salvará de un cúmulo de calamidades que se habrían desencadenado fatalmente. Elegir es terrible. Y no elegir, también. Pongámonos en situación. La casa está vacía (o lo parece). Suena el teléfono. A partir del tercer tono, la esperanza de que alguien responda empieza a decrecer. A partir del quinto, se convierte en una angustiosa llamada de socorro. Sin embargo, hay algo de poético, aunque desolador, en ese teléfono que suena para nadie. O más dramático aún: en ese teléfono que tenemos al alcance de la mano y dejamos que suene sin mover un dedo. Eso mismo es lo que ha ocurrido aquí hace unos minutos: estaba tecleando "esperar..." cuando ha sonado mi móvil. Compruebo que es un número desconocido que no figura en mis contactos. Dudo si responder o seguir escribiendo. ¿Y si fuera la llamada de una joven y apasionada seguidora de este blog que quiere conocerme? El que no se consuela es porque no quiere. Pero también pudiera tratarse de uno de esos sucios bromistas que gozan escuchando en silencio al interlocutor que pregunta una y otra vez: '¿Síii?' '¿Quién es?' '¿Oiga?' A veces se les oye respirar, incluso sonreír. Aunque yo prefiero esas otras llamadas que no llegan a realizarse, pero que están ahí, latentes. Creo que ya he traído alguna vez aquel graffiti: "si no suena el teléfono, soy yo." Puede uno pasarse media vida haciendo esas no llamadas, dejando esos silencios, tan nuestros, a la caída de la tarde. Porque de igual modo que cada uno tiene su propia voz, también tiene su propio silencio. Sí, a veces casi es mejor que no suene el teléfono. O dejarlo sonar.
viernes, 18 de diciembre de 2015
viernes, 11 de diciembre de 2015
500 películas, 200 libros
Ya sé que en México me llamarían don Precavido, pero, por si acaso, no estaría de más ir organizando la resistencia individual, el exilio interior. Veamos. En el supuesto de que el domingo 20 las urnas no hicieran ni siquiera una pizca de justicia, convendría tener prevista una estrategia para resistir los próximos cuatro años, que serán duros, me temo. Yo ya he hecho mis cálculos de lo que necesitaría para sobrevivir durante ese largo y crudo invierno: quinientas películas y doscientos libros. Con esa barricada y una buena calefacción, creo que estaré en condiciones de resistir. En estas últimas madrugadas he empezado a elaborar una lista de libros y películas irrenunciables. Por cierto, estoy releyendo un libro sabio del maestro Sánchez Ferlosio cuyo título -¡no lo quieran los dioses!- parece premonitorio: Vendrán más años malos y nos harán más ciegos. Para contrarrestar, en mi listado cinematográfico incluyo muchas comedias clásicas y modernas, así como no pocas historias románticas para morir de amor (si cierro los ojos, veo a Juliette Binoche y suena la música de El paciente inglés). Pero todo esto, ya digo, no es más que un cauteloso 'por si acaso', incluso me atrevo a decir que un entretenimiento para hacer más llevaderos los despertares prematuros, las horas sin sueño, a la espera de que suene el despertador y el día se ponga en marcha. He leído que hacer listas es bueno para la mente: pone las cosas en orden y neutraliza el avance del caos. Nada menos. De modo que voy a seguir elaborando listas en el silencio de la madrugada. Es posible incluso que ese ejercicio mental me ayude a conciliar un sueño breve y reparador de última hora, tal como me ha ocurrido ya alguno de estos días. Pero si se cumplieran los pronósticos más agoreros, confío en que alguna mente esclarecida, algún científico de los comportamientos sociales nos explique qué mueve a millones de personas inequívocamente decentes a convalidar con su voto la indecencia. Para mí es un misterio, lo confieso. A no ser que -es hablar por no callar- la corrupción irradie un cierto morbo, una ebriedad del alma o excitante cosquilleo íntimo ante la transgresión perpetrada a conciencia... Algo así. Aunque lo veo poco verosímil: demasiada sofisticación para un comportamiento masivo, y más aún tratándose de España y de los españoles, que no solemos tener una especial sensibilidad para esas sutiles perversiones del espíritu. ¿Entonces, dónde está el quid de la cuestión? Hace algunos posts hablaba yo de una realidad ilusoria creada ex profeso para dar el cambiazo y hacerla pasar por la otra realidad, la que previamente se ha hecho 'desaparecer' como por arte de magia de los telediarios. Pero, ¿y si fuera yo quien vive inmerso en ese matrix, ese mundo paralelo o realidad ficticia? Tantas películas, ficciones, cuentos, novelerías, ¿no me habrán transportado a una irrealidad que me hace ver gigantes donde sólo hay molinos? No sé. Quizá debería hacérmelo mirar.
viernes, 4 de diciembre de 2015
elecciones 20-D
Supongamos que me pidieran una guía básica y algo mundana para que los viajeros de paso por España pudieran moverse por nuestro mapa electoral. Creo que optaría por retratar a los principales candidatos. Por ejemplo, Albert Rivera: sin duda la estrella más rutilante del momento. Funciona de maravilla como flamante novio, yerno impecable, amiguete avispado, socio con pico de oro. Basta un cruce de miradas para saber que te va a ser difícil renunciar a su sonrisa bandida y votar a otro. Aunque también hay algo vertiginoso en esa mirada tan líquida, en ese brillo un tanto temerario que vale igual para hacerle perder la cabeza a tu mujer ('¡anda y que te den!') como para sacar del armario a un defensa central muy rudo o a un brigada con bigotazo. Es un gran vendedor. Ojo con él. Va a por todas. Pablo Iglesias: buena prosodia y contundente dialéctica; sus adversarios le temen tanto como le odian. Hace no mucho le respondió suavemente a un conocido presentador de radio: "Eso es como si alguien dijera que las opiniones de usted son anacrónicas o de extrema derecha." Ha conseguido que sean multitud aquellos que al sentirse avasallados, ninguneados, precarizados, etc, ya no se resignen ni pierdan la cabeza: ahora aprietan la mandíbula y calculan en silencio los días que faltan para las elecciones. Pero a Iglesias quizá le sobre un punto de arrogancia justiciera que lo hace algo antipático. Todo lo contrario a lo que ocurre con Pedro Sánchez: nadie daba un duro por él hace un año, y sin embargo ahí lo tenemos, como un brazo de mar al que le sientan divinamente unos vaqueros ajustados y una camisa azul cielo con las mangas remangadas hasta el codo. Es alto y guapo, y lo sabe. Tiene el gesto noble y la mirada limpia (sin vértigos) de quien no conoce el rencor ni ha pasado por dificultades proletarias o grandes desengaños amorosos. Quizá su encanto radique en ese aire de buen chico bien educado a quien invitarías a comer en casa, con la familia. Aunque resulta algo soso y un poco blandito, la verdad; no le vendría nada mal una pequeña transfusión de mala leche. Mariano Rajoy: un misterio envuelto en una niebla de enigmas. Veamos. El hombre sin atributos conocidos (no hablemos ya de sex appeal); el que sólo lee el Marca; el que nunca da la cara ni responde a lo que se le pregunta; el que será recordado por una frase (que yo me digo a mí mismo): "Luis, sé fuerte"; el que se hace el longuis, confiando en que 'ya bajará el souflé'; el que cuando le preguntan por Rato, Bárcenas, Granados, Fabra e tutti quanti pone cara de estar oyendo la alineación de Corea del Norte. Hace tiempo que la palabra de Rajoy es un cheque sin fondos. Sin embargo, no se descarta que obtenga cinco millones de votos. O más. ¿Que no se lo creen? Esperen a la noche del 20-D, vean los resultados y, de regreso a sus países, intenten explicarlo. Spain is -sigue siendo- diferent.
viernes, 27 de noviembre de 2015
imitación a la vida
Que la naturaleza imita al arte es algo que ya nadie discute, pero también es cierto que la realidad imita a la ficción. O la plagia. Si uno se fija un poco, comprueba que con frecuencia se producen situaciones que incitan a echar un vistazo alrededor, por si aquello formara parte de un montaje, de un programa de televisión con cámara oculta o algo así. Asimismo, hay quienes se comportan como si fueran sus propios imitadores. O como si salieran de casa con el papel estudiado y se dirigieran a un casting, a una prueba donde demostrar que cada uno es quien dice ser. A veces me acuerdo de aquel sketch genial de José Mota en el que un grupo de actores y figurantes simulaba estar trabajando en un edificio en construcción. Sólo se ponían en marcha cuando alguien se acercaba a la obra. Se trataba de 'dar sensación' de actividad. Bueno, pues algo semejante percibe uno a menudo. Hay veces que todo el mundo parece fingir que hace su trabajo, o que pasea ociosamente, mira los escaparates o espera al niño a la salida del colegio. En las esperas es donde mejor se ve quien es creíble y quién no. Pero la realidad está llena de actores que no saben que lo son o que simulan no serlo, que pretenden hacerse pasar por honrados ciudadanos, discretos pasajeros, operadoras de telemarketing, tipos que hacen footing o sacan el perro a pasear. En mayor o menor medida, todos se comportan como actores que interpretan el papel que les cae en suerte en cada caso: el apresurado cartero del banco, la enfermera que vuelve tras 24 horas de guardia, el ama de casa tirando del carro de la compra. Todo costumbrismo tiene algo de representación. Aunque casi todos sobreactúan en algún momento, y eso nos hace dudar de ellos, de la realidad, pues sabemos que el exceso de apariencia suele ser engañoso. Dice Ennio Flaiano que "la realidad es la que nosotros conseguimos hacer pasar por tal." El que barre las hojas del parque, por ejemplo, no puede evitar mirarnos de soslayo como lo haría un agente infiltrado de los Servicios de Inteligencia. Yo, sin ir mas lejos, en un rizar el rizo de mucho virtuosismo, a veces salgo a la calle como quien finge simular no ser quien es, ni acudir o volver de donde no puede ocultar que va o que vuelve. Y, según tenga el día, subo al autobús con una expresión tal que de regodeo en la concupiscencia. Pero la señora que va sentada enfrente me ha calado, está segura de ello: 'este viene de pasárselo bien con un veinteañera que podría ser su hija, una estudianta de Farmacia que lo trae loco, no hay más que verle la cara de satisfacción. Qué asqueroso, cómo se va relamiendo por dentro, el muy guarro.' Claro que también a veces mentimos con verdades, o fingimos ser quienes en realidad somos. Inevitablemente, vienen al caso los versos de Pessoa: "El poeta es un fingidor./ Finge tan completamente /que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente." Buenos días.
viernes, 20 de noviembre de 2015
de lo que (no) quiero hablar
"En mi vida han chocado al menos dos tensiones siempre: la necesidad de estar y de no estar al mismo tiempo, y también la necesidad de escribir y a la vez la de dejar de hacerlo." Dicho sea con toda modestia, comparto enteramente estas palabras de Enrique Vila-Matas. Y algo de eso había, creo yo, en el post que publiqué aquí el pasado viernes. Es la tensión entre dos impulsos contrarios: 1) hablar por no callar; 2) dar la callada por respuesta. El problema de callar está, como es sabido, en que quien calla otorga, aunque también cuenta a su favor con la conocida sentencia de que uno es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios. Sin embargo, a eso cabría darle la vuelta y afirmar que seremos juzgados por cuanto no denunciamos en su día ni advertimos ni dejamos constancia de ello. De modo que si uno habla, puede meterse en líos y buscarse enemistades; si calla, la mala conciencia no le dejará dormir tranquilo. Así las cosas, nos vemos avocados a equivocarnos doblemente: por lo que decimos y por lo que dejamos sin decir. Pero pudiendo complicar, para qué simplificar. Hay una manera aún más completa de equivocarse: es aquella que podríamos denominar 'tercera vía'. Consiste en tratar de salvar los muebles mediante un recurso formal, una salvaguarda a la que acogernos como el que a buen árbol se arrima. Pongamos por caso que yo recurriese aquí a una fórmula retórica, algo así como 'cosas de las que no quiero hablar', y a continuación escribiera un listado meramente enunciativo de aquello con lo que no quiero enfangarme. Por ejemplo, no quiero hablar de... de lo que está en boca de todos desde hace una semana. Ni de lo que arrojaría cada noche al fuego frío de la papelera de reciclaje. Ni tampoco acerca de algo no descartable: que el 20-D las urnas no hagan justicia. No quiero hablar de los cines que se cierran, de los fondos buitre, de los tristes tigres, de "que la vida iba en serio..." Y así podríamos seguir de mal en peor hasta completar el post de hoy. Pero no, no le daré gusto al malhumor ni al desaliento. Por el contrario, hay oros este otoño a partir de las cinco de la tarde que no tienen precio; también hay silencios muy limpios, de una elegancia vertical, como de línea recta, y versos de Tomás Salvador -"hay algo que se escapa, que se guarda / a oscuras en un tiempo que ha prescrito"- que podré releer esta noche y cualquier noche. Ya ve el lector, la lectriz, que no me privo de nada, que el lujo va conmigo incluso en las mañanas más austeras. Con razón dice mi compañero de letras Mario Pérez Antolín en su Oscura lucidez: "El temor a perder la vida hace que los hedonistas la disfruten y los afligidos la padezcan." Amén.
viernes, 13 de noviembre de 2015
un poco de nada
Hay días que no tiene uno el ánimo para pronunciamientos, y lo que de veras apetece, aunque tampoco mucho, es dar la callada por respuesta. No tengo claro si es más desgana que desdén o lo contrario, ni tampoco si ello es debido a la falta de fe o a "la falta de hierro" que aquejó a Curro El Palmo, pero es un hecho cierto que existen esos días en los que desde primera hora uno levantaría bandera blanca y la dejaría ahí hasta nueva orden; aunque quizá vendría mejor al caso la bandera amarilla de los apestados, como en El amor en los tiempos del cólera. Y que no sonara el teléfono, ni llamara abajo el cartero del
banco, ni nadie nos hiciera preguntas, más allá de las recompensadas
de Nicequest. Días de silencio, sí, pero de un silencio al que uno se acoge, como en las películas americanas de tribunales en que el acusado ejerce su
derecho de acogerse a la Quinta Enmienda. En este post de hoy me gustaría no
decir nada. Pero hay tantas maneras de no decir, tantos
silencios y tan distintos unos de otros. Cada silencio guarda un
secreto. Y al revés: cada secreto requiere un silencio único, irrepetible, hecho a medida. 'Callar la
boca' es un pleonasmo de una diversidad sin límites. ¿Cuántos silencios caben
en un día? ¿Y en un espacio en blanco? Un secreto no es otra cosa que un pacto de silencio. Pero yo no pretendía aquí un pacto de
silencio, sino más bien un pacto con el silencio que me permitiera sacar este post de la nada... sin decir nada. "Escribir también es no hablar, es
callarse", dice Margueritte Duras. De acuerdo, escribir, pero escribir ¿qué? El
compositor John Cage -el creador de la célebre 'pieza silenciosa'- escribió: "No tengo nada que decir y lo estoy diciendo,
y eso es poesía." Mucho más modestamente, no es que yo quiera decir
callando: lo que quiero es callar diciendo. (...) Y así estaban las cosas ayer a estas horas. Me había quedado mudo de
escritura, tal que flotando en la nada, con la mirara perdida y la mente en blanco, como quien se queda dormido con los ojos abiertos. Pero algo sucedió a poco más de un metro de distancia, a mi izquierda... Todo empezó hace ya cinco semanas, cuando abrí la gaveta de la cómoda y descubrí que no estaba el monedero: negro, de piel, con forma de herradura, de los de toda la vida. Rara vez lo sacaba de allí. Tras buscarlo infructuosamente por todas partes -incluso pregunté en el súper y en la tienda de los chinos- lo di por perdido, no sin gran pesar y mala conciencia. Tan es así que durante estas semanas lo he mantenido en secreto. Pero ayer, a la salida de ese viaje al limbo, con la mirada todavía desenfocada, percibo que algo cobra nitidez entre los cachivaches de la estantería: es negro, de piel, tiene forma de herradura. No dije nada. Ni siquiera hice intención de alargar el brazo y tocarlo con los dedos. Tan sólo me quedé mirándolo en silencio. Luego cerré los ojos y sonreí hacia dentro, rendido a la evidencia.
viernes, 6 de noviembre de 2015
esto es Matrix
Llevo publicadas 133 'confesiones' en este blog; apenas he dedicado tres a la política. Ante quienes me acusen de diletante y hedonista, o sea de deleitarme sólo con las bellas artes y los placeres de este mundo, tendría que defenderme alegando que a diario leo, escucho y hablo de cuestiones políticas. Bien es verdad que al cabo de un rato la querencia me lleva a otros asuntos. Y de ahí voy pasando al cine, la moda, el glamour... Uno empieza, o quisiera empezar, en Le Monde Diplomatique y acaba sin remedio en Vanity Fair, que es fascinante, por cierto. A lo que iba: la política me atrae sobre todo cuando se acerca temerariamente a la ficción. Pondré un ejemplo. ¿Por qué me asombra nuestro presidente Rajoy? No por sus logros invisibles, ni por sus méritos supuestos o atribuidos, pero sí por su proximidad con Bioy Casares, el autor de La invención de Morel. Veamos. Allí, en la isla donde transcurre la acción, tiene lugar un extraño fenómeno de realidad ilusoria que el protagonista observa en secreto, incluso interactúa con ella. Pues bien, aquí ocurre casi otro tanto: hay una realidad imaginaria que suplanta a la realidad de los hechos vividos. Los generadores de apariencias trabajan a pleno rendimiento, y han alcanzado tal perfección que son capaces de crear y mantener vivas unas ilusiones ópticas asombrosas, hasta el punto de que la simulación generada parece más real incluso que la otra, la cruda realidad. Se queda uno pasmado viendo visiones, sí, comprobando que ante sus propios ojos se ha desvanecido, pongamos por caso, el edificio de la Telefónica, incluso toda la Gran Vía, y en su lugar aparece una especie de 'Marina Dor, ciudad de vacaciones'. ¡Oh! ¡Cómo es posible!, exclamamos. Pero los magos nunca desvelan sus secretos. Si bien es cierto que las ganas de creer en los prodigios consiguen maravillas. Vale, eso es así, y hay que admitirlo, pero que nadie le quite méritos a los aparatos de sugestión, a los potentes generadores de hologramas en tres dimensiones, realidades virtuales, mundos paralelos. Y ello sucede, en gran medida, porque hay unanimidad en los comunicados oficiales reproducidos ad infinitum por todos los medios: al fin hemos salido triunfantes (o estamos saliendo) de la maldita crisis, del infierno en el que nos hallábamos, y ahora tenemos delante un cielo azul y un aire limpio donde hacer volar las cometas y la imaginación. Aunque queda algún pequeño detalle que no acaba de encajar en la nueva realidad. Resulta que -dejando aparte lo sucedido en Sanidad, Educación, Cultura, Investigación y otros estragos- cuando nuestro Mariano Morel tomó posesión -"hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro"- había 17.200.000 afiliados a la Seguridad Social. Tras estos años, tenemos el mismo número de trabajadores inscritos, aunque con medio millón menos de contratos indefinidos y más de dos millones de parados que no reciben prestación alguna. ¿Entonces? ¿Dónde está el milagro? ¡Aaaah, descreídos! Poned el Telediario de las tres y veréis. Bienvenidos a Matrix.
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