'Noto que a veces me faltan las palabras', me confesó el otro día una buena amiga, como sorprendida por ello. Le respondí, medio en broma, que a mí me pasa eso mismo y lo contrario, que a veces me sobran las palabras. De modo que, en unos casos por exceso y en otros por defecto, con demasiada frecuencia no encuentra uno la palabra precisa a su debido tiempo. Aunque lo peor no es ese vacío, ese espacio en blanco que la palabra deja en medio de la frase, de la conversación; no, lo peor es cuando la desaparecida reaparece, pero ya tarde y fuera de lugar. Entran ganas de retirarla para siempre de la circulación. ¿De dónde sales tú, y a qué vienes ahora, deslenguada? ¿Dónde estabas cuando te necesité y no acudiste, arruinándome de ese modo la frase mejor construida, la idea más brillante del jueves? Estoy convencido de que por culpa de esas palabras inconstantes he perdido en gran medida el prestigio de buen orador que no tengo, la excelencia que no han alcanzado mis escritos. Mi escasa capacidad de persuasión también se la atribuyo a ellas, las muy volátiles. Y como todo está relacionado, resulta inevitable asociar esos pequeños pero irreparables vacíos con las citas incumplidas, con los 'plantones'. Nadie sabe lo que una incomparecencia puede llegar a traernos. Y a quitarnos. "Si tú me dices ven, lo dejo todo", vale, de acuerdo, ¿pero qué ocurre cuando atendemos ese requerimiento -ven- y allí no hay quien nos reciba? Existen mil razones o motivos por los que han podido darnos plantón. Confieso que a mí -como a todo el mundo, supongo- me han dejado plantado varias veces, aunque tampoco demasiadas. Claro que también yo he dado algún que otro plantón... sin saberlo, sin enterarme de ello hasta varias horas o incluso días después. Pero puedo asegurar que jamás he faltado a una cita deliberadamente, ni por pereza o mero antojo (si acaso, por causa mayor: taquicardia aguda, crisis de ansiedad...) En todos esos encuentros que no tuvieron lugar se abre un vacío, una expectativa fallida que ya no podrá cumplirse nunca. Mira que es triste. Las incomparecencias dejan siempre a su paso un rictus de suave tristeza que, con el tiempo, deviene en resignación. Ya sabemos aquello de que 'todo lo que pasa es porque tiene que pasar', pero, ¿eso incluye 'lo que no pasa'? Si nos atenemos al tamaño, la respuesta sería no. Porque 'lo que no pasa' no es la otra mitad, el hemisferio opuesto a 'lo que sí pasa': lo no sucedido es por definición (o por indefinición) infinitamente más amplio y numeroso que su contrario. Así pues, las palabras que no comparecieron, los encuentros malogrados, las frustradas tentativas, todo aquello que queda en suspenso se convierte en materia volátil -aire, nube, deseo, aroma-, en ese espacio inhabitado donde pueden discurrir o perpetuarse los sueños, las sombras... de cuanto no sucedió.
viernes, 9 de octubre de 2015
viernes, 2 de octubre de 2015
tiempo de silencio
Minutos de espera, tiempo de silencio que se convierte en baño de humildad. Pero esperar ¿qué? Esperar el milagro: que una musa improbable se apiade de ti, que en el último instante llegue el indulto en forma de ángel que te traiga la buena nueva del post que no has sido capaz de escribir hasta ahora. Aunque el tiempo pasa y el indulto no llega. No hay musas que te susurren melodías al oído, ni dulces dedos invisibles que acaricien el teclado del ordenador. Mira que es triste la pena del condenado a esperar el milagro... cuando ya no queda tiempo para que se produzca el milagro. Qué momento este en que la espera se convierte en un mero esperar por esperar... sin esperanza ninguna. Pero también es cierto -dicen que el que no se consuela es porque no quiere- que este tiempo de espera sin fe y sin nada es un espacio muy limpio y exento de ruidos, de conflictos, 'como quien espera el alba' ya sin sueño ni miedo. La suerte está echada: hoy, viernes, 2 de octubre, a las 9.30 h se procederá a publicar la nada, y en consecuencia se hará público el vacío mental de quien suscribe estas confesiones. Pero antes o después, toda impostura se acaba descubriendo. Ha llegado la hora de las verdades: confieso haber tenido un negro escribiente que nunca me había fallado hasta hoy; todos los viernes a primera hora de la mañana él tenía escrito y revisado el post que yo me limitaba a leer por encima y hacer clic en "Publicar". Y eso era todo. Qué bien hecho estaba el mundo. Ahora ese mundo se viene abajo: los negros se rebelan; los esclavos nos desafían y se atreven a ponerse en pie (que es como levantarse en armas) y decirnos a la cara con insolencia: 'yo soy Espartaco'; y en cuanto a las musas, ay, las musas son tan variables, además de infieles... Ellas no se casan con nadie: hoy contigo, mañana con tu enemigo. Y en esas estamos: haciendo como quien espera el indulto del Gobernador, pero a sabiendas de que el indulto no llegará antes de que amanezca en el patio, donde todo está listo y el reverendo tiene abierto su libro de oraciones por la página que más consuela: el Libro de los Salmos. Es el momento de cerrar los ojos y evocar aquellos versos de José Hierro en que Lope, ya viejo, le habla a Marta de Nevares, ya medio ida, de "aventuras de olas, de galeones, de arcabuces, de rumbos marinos, / de lugares vividos y soñados..." Diríase que cuando todo está perdido surge el Ángel de la Nada y enciende la última vela. A continuación, sopla y apaga esa luz. Pero en ese soplo ha deslizado una idea, un post, unas líneas que te pueden salvar del cadalso. Y es entonces cuando, un segundo antes de pulsar clic, das las gracias a Hierro in extremis: "abre tu ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar." Y aunque parezca mentira (aunque lo sea), a las 9.28 horas de este luminoso viernes 2 de octubre dices: ¡Salvado! Cuentas con una semana más, otra semana, para seguir navegando.
viernes, 25 de septiembre de 2015
lo que nos perderemos
Qué bien entiendo al neurólogo Oliver Sacks cuando, consciente de que tenía los meses contados, confesó que lo que más lamentaba eran los descubrimientos que aparecerían en Science o en Nature y que él ya no vería. Creo que no hay peor castigo para un científico. Pero eso vale también para un apasionado del arte, un cinéfilo, un amante de los coches deportivos que se presentarán en las próximas ferias del automóvil. Es una vieja idea, un pesar que nos acompaña a muchos: qué hermoso ha de ser aquello que no alcanzaremos a ver... por poco, por muy poco. Sin ir más lejos, alguna noticia recóndita que aparecerá en el periódico del día siguiente. O el primer amanecer en el que no estaremos. A veces piensa uno que si todo esto se acabara como acaban las películas en el cine, al mismo tiempo para todos, quizá entonces el vivir y el morir serían más llevaderos: resolveríamos ese The End con fuegos artificiales nunca vistos y un fin de fiesta del copón de la baraja. En ese sentido, la idea del Fin del Mundo no me parece mala solución, aunque, eso sí, un Fin del Mundo con ninfas, sátiros, sirenas, náyades. Pero perdernos los próximos capítulos, las bellísimas piernas que saldrán a la calle en primavera, una grabación de Coltrane que se daba por perdida y reaparece, la final de la Champions con un golazo que recordará el de Zidane... Perdernos todo eso no tiene gracia. Si por un descuido uno se fuera de este mundo sin haber visto alguna película de Marion Cotillard o de Rachel Weisz, tampoco tendría ninguna gracia. Si los oros del otoño incendian los arces del Canadá o los álamos del Canal de Castilla, pues ya sé que "se quedarán los pájaros cantando", pero maldita la gracia que me hace. Por cierto, nunca he tenido del todo claro si ese célebre poema de Juan Ramón -El viaje definitivo- es una resignada aceptación lírica de lo inevitable o si, por el contrario, contiene una grave queja a quien 40 años después será su dios deseado y deseante. Es verdad que todo está muy apacible en ese poema, pero hay en él un verso delicadamente atroz: "se morirán aquellos que me amaron." No se me ocurre un endecasílabo que más pueda dolerme. Mejor no pensarlo. Y llegados a este punto, es preferible hacer de la necesidad virtud y celebrar cuanto está por ver y tenemos al alcance en este otoño recién estrenado. Hay un ejercicio que viene bien practicarlo al inicio de cada estación: ¿qué quiero hacer en las próximas semanas? Respondo: ver algunas películas de estreno (Woody Allen, Sorrentino, Amenábar...); leer, entre otros, el libro de María Belmonte Peregrinos de la belleza y el poemario Confiado, de González Iglesias; pasear por Madrid en octubre; escribir a alguna amiga un correo que le resulte inolvidable... durante unos minutos; degustar buenos vinos los sábados al mediodía con Paco y Máximo; encontrar un buen editor para mis Joyas robadas; ver ganar al Madrid bordando el fútbol (Isco, James, Karim...); conseguir con alguno de estos posts que alguien me quiera más.
viernes, 18 de septiembre de 2015
hay que cambiarlo todo
No es fácil escribir, no lo es, aunque a veces pueda parecerlo. Más aún: creo que la mayor dificultad está en hacer creer al lector que las palabras escritas han surgido con la misma naturalidad que él percibe ahora al leer esa frase, ese párrafo que fluye sin obstáculos ni arrepentimientos como agua que mana y corre. Pero las palabras a menudo se nos ocultan, se camuflan, se hacen pasar por otras. Sí, las palabras precisas -que son las más preciadas- presentan resistencia. No se conquista una oración definitiva así por las buenas: antes hay que entrar a saco en el idioma, asediar la ciudadela de los sustantivos, cortarle la cabeza sin misericordia a los primeros adjetivos que nos salgan al paso, admitir que, en efecto, "no hay adverbio que te venga bien". Bueno, también las caricias suelen ser persuasivas. En el trato con las palabras, sólo cuando uno admite que no es propietario de nada, que todo es prestado y provisional, sólo entonces está en condiciones de empezar a hablar. O a escribir. Pero es verdad que hay días en que las palabras solicitadas dan la callada por respuesta. Aunque siempre será preferible, o al menos más honesto, una incomparecencia a una suplantación. Escribir 'gato' cuando se debería haber escrito 'liebre' puede resultar incluso divertido por momentos, pero al cabo deja un cierto amargor, entristece en secreto. Los que escribimos -bien, mal o regular, o todo ello revuelto y junto- sabemos que más nos vale que las palabras acudan, que nos asistan, porque sin las palabras precisas no hay ideas claras, no discurre el pensamiento. Y bien, ¿adónde pretendo llegar con todo esto? Eso quisiera yo saber. Pero si uno echa un vistazo al panorama de la actualidad, quizá en aquello que ve, y en lo que entrevé -en lo que aparece y en lo que no aparece ni por asomo en los medios-, encuentre la respuesta a esa pregunta. Yo no pretendo fastidiar el día a nadie (soy hedonista, ya es sabido), pero desde hace varias semanas me acuerdo con frecuencia de la última frase de una serie televisiva de mediados los años 70: La señora García se confiesa, protagonizada por Lucía Bosé, escrita y dirigida por Adolfo Marsillach (ver Wikipedia). Esa frase, mecanografiada letra a letra en el último plano de la serie, decía así: "hay que cambiarlo todo." Se refería, claro está, a la situación del país y de la sociedad española de entonces. Pues bien, 40 años después, la realidad y las noticias de cada mañana me reafirman en la idea de que, efectivamente: "hay que cambiarlo todo". O casi todo. Y sí, ahora lo sé: esas eran las cuatro sencillas palabras que yo venía buscando, sin saberlo, desde hace tiempo.
viernes, 11 de septiembre de 2015
la siesta
a Diego Fernández Magdaleno
Haciendo limpieza de papeles, aparece un sobre que contiene un tesoro. En él puede leerse en letras verde pistacho: 'Van Gogh/en de kleuren van de nacht/13.02 - 07.06. 2009.' Firmado: 'Van Gogh Museum, Amsterdam'. Dentro del sobre hay fotos y postales adquiridas en las tiendas de los museos, en galerías de arte, incluso en mercadillos o en puestos callejeros a lo largo de los años. Y así, junto a una bellísima Santa Cecilia de Burne-Jones, que puede verse en una de las vidrieras de la catedral de Oxford, aparece una mujer con alas negras junto a un dragón, arrodillada, consternada, cubriéndose el rostro con las manos mientras alguien observa la escena desde la puerta entreabierta del gabinete; se trata de un conocido collage de Max Ernst que lleva por título La cour du dragon 10. Pero después de esa pesadilla surrealista aparece una postal que yo he mirado mucho: La siesta, de Julio Romero de Torres, óleo sobre tabla, fechado en 1900. Vemos en él a una mujer joven, sin duda esbelta, que aspira el aire de verano a la hora de la siesta en el jardín de su casa, en el sur. Está sentada, de perfil, en una mecedora modernista o art nouveau. Su vestido blanco de gasa o muselina flota en el aire cálido de primera hora de la tarde. Aprovechando la disculpa de las flores, mira para el otro lado. Ha renunciado a la sombrilla, roja, de la que se ha desprendido hace un minuto con más indolencia que desdén. Un minuto que ya parece una eternidad a eso de las cuatro de la tarde. Huele a azaleas y a magnolias que esa mujer escucha con los ojos cerrados. Quizá espera una carta de ultramar. Aunque la mayor duda está en saber si es una mujer recién casada o a punto de serlo. Incluso es posible que esa manera de mirar hacia allá, de volver el rostro al otro lado, sea debido a que espera la llegada de un barco, y que un novio descienda con su traje color vainilla y busque con la mirada a la novia más bella del puerto y del mundo, la que no duerme la siesta y espera en silencio, balanceándose en la mecedora del jardín fragante. Creo que el mayor acierto del pintor está en ocultarnos el rostro de esa mujer; aunque también su pie derecho -ese apenas visible zapato gris- tiene su aquel. El cabello recogido en la nuca sin esfuerzo, el calor que se acumula en la tapia, el vaivén de esa mecedora que recuerda el compás de las habaneras... Si uno cierra los ojos oye el zumbido de un moscardón. Sería faltar a la verdad si yo hiciera sonar ahí una música; no hay tal. El silencio de las cuatro de la tarde a primeros de agosto es inequívoco, se le reconoce siempre, ya sea aquí o en Camagüey. Pero yo quiero hacer sonar ahora una música, no dentro de ese cuadro sino en la mente del observador, y si fuera posible en la de esa esbelta mujer que espera y mira hacia otro lado. Quiero que suene ahora, sí, la 'Evocación' de la Suite Iberia, de Albéniz. Es un capricho, lo sé, pero estoy en mi derecho de hacer que suene. Y está sonando, está sonando...
Isaac Albeniz, Suite Iberia: Evocación - YouTube
Cuadro de La siesta de Julio Romero de Torres | - Cuadros famosos, Cuadros de Julio Romero de Torres - ARTEFAMOSO
Haciendo limpieza de papeles, aparece un sobre que contiene un tesoro. En él puede leerse en letras verde pistacho: 'Van Gogh/en de kleuren van de nacht/13.02 - 07.06. 2009.' Firmado: 'Van Gogh Museum, Amsterdam'. Dentro del sobre hay fotos y postales adquiridas en las tiendas de los museos, en galerías de arte, incluso en mercadillos o en puestos callejeros a lo largo de los años. Y así, junto a una bellísima Santa Cecilia de Burne-Jones, que puede verse en una de las vidrieras de la catedral de Oxford, aparece una mujer con alas negras junto a un dragón, arrodillada, consternada, cubriéndose el rostro con las manos mientras alguien observa la escena desde la puerta entreabierta del gabinete; se trata de un conocido collage de Max Ernst que lleva por título La cour du dragon 10. Pero después de esa pesadilla surrealista aparece una postal que yo he mirado mucho: La siesta, de Julio Romero de Torres, óleo sobre tabla, fechado en 1900. Vemos en él a una mujer joven, sin duda esbelta, que aspira el aire de verano a la hora de la siesta en el jardín de su casa, en el sur. Está sentada, de perfil, en una mecedora modernista o art nouveau. Su vestido blanco de gasa o muselina flota en el aire cálido de primera hora de la tarde. Aprovechando la disculpa de las flores, mira para el otro lado. Ha renunciado a la sombrilla, roja, de la que se ha desprendido hace un minuto con más indolencia que desdén. Un minuto que ya parece una eternidad a eso de las cuatro de la tarde. Huele a azaleas y a magnolias que esa mujer escucha con los ojos cerrados. Quizá espera una carta de ultramar. Aunque la mayor duda está en saber si es una mujer recién casada o a punto de serlo. Incluso es posible que esa manera de mirar hacia allá, de volver el rostro al otro lado, sea debido a que espera la llegada de un barco, y que un novio descienda con su traje color vainilla y busque con la mirada a la novia más bella del puerto y del mundo, la que no duerme la siesta y espera en silencio, balanceándose en la mecedora del jardín fragante. Creo que el mayor acierto del pintor está en ocultarnos el rostro de esa mujer; aunque también su pie derecho -ese apenas visible zapato gris- tiene su aquel. El cabello recogido en la nuca sin esfuerzo, el calor que se acumula en la tapia, el vaivén de esa mecedora que recuerda el compás de las habaneras... Si uno cierra los ojos oye el zumbido de un moscardón. Sería faltar a la verdad si yo hiciera sonar ahí una música; no hay tal. El silencio de las cuatro de la tarde a primeros de agosto es inequívoco, se le reconoce siempre, ya sea aquí o en Camagüey. Pero yo quiero hacer sonar ahora una música, no dentro de ese cuadro sino en la mente del observador, y si fuera posible en la de esa esbelta mujer que espera y mira hacia otro lado. Quiero que suene ahora, sí, la 'Evocación' de la Suite Iberia, de Albéniz. Es un capricho, lo sé, pero estoy en mi derecho de hacer que suene. Y está sonando, está sonando...
Isaac Albeniz, Suite Iberia: Evocación - YouTube
Cuadro de La siesta de Julio Romero de Torres | - Cuadros famosos, Cuadros de Julio Romero de Torres - ARTEFAMOSO
viernes, 4 de septiembre de 2015
¿volver o no volver?
Me pregunta una amiga imprescindible: "¿comienzas ya a escribir los viernes?" Se refiere a si reanudo la publicación semanal en este blog. Confieso que durante casi toda la semana no he tenido una respuesta clara, aunque la duda me ha llevado a ejercitar la mente en una partida de ping-pong entre el sí y el no. ¿Volver el viernes 4, o retrasar la vuelta hasta la semana siguiente, o incluso dejarlo para fin de mes? Nada tendría de extraño que este mirón reapareciera a primeros de octubre, pues es bien sabido que los veraneantes de toda la vida nunca hemos vuelto del todo antes de haber disfrutado por entero el sol del membrillo; o tras la vendimia, con el sabor reciente de las primeras uvas moscatel. ¿Volver antes de tiempo? ¿Para qué? ¿Para ponerme en evidencia, tras una larga inactividad ante las teclas del ordenador, y que este suene como un piano desafinado? No, yo todavía no me he incorporado a la rutina de la nueva temporada, y de algún modo sigo veraneando, aunque ya en Madrid. El pasado lunes, en su venturosa reaparición, mostraba El Roto a un bañista solitario paseando por la playa y haciéndose esta reflexión: "Lo mejor de las vacaciones es cuando se les acaban a los demás." Yo también lo veo así. Creo que con playa o sin ella -y sin necesidad de yate atracado en Port Andratx ni de mansión en Malibú o en Portofino- hay un estado de ánimo ocioso que se puede extender a lo largo de septiembre, incluso adentrarse en la primera quincena de octubre. Claro que para ello se requiere un especial talento diletante, una saludable tendencia al hedonismo. Más que de un ejercicio voluntarista, se trata de una cierta disposición favorable a contemplar la puesta de sol sin prisa ninguna, pero también sin dolor por el día que arde en el crepúsculo. No, nada de dolor, porque el atardecer se entrega a la noche como un río en toda su amplitud se vierte al mar. Algo así. Y ya sabemos que la noche y el mar están llenos de tesoros expectantes, de racimos de estrellas, de caballos azules noche adentro, mar adentro... Recuerdo ahora un retrato que Manuel Vicent, en su sección 'Mitologías', le hizo a Billy Wilder -aquel genio del que dijo William Holden que en lugar de ideas en el cerebro tenía cuchillas de afeitar-. Pues bien, al final de ese retrato concluye Vicent que "a este mundo ha venido uno a divertirse y a empujar con la yema del dedo la aceituna hacia el fondo del martini mientras resumes el mundo y la existencia con una frase feliz. Fuck you." Y en esas estamos, empujando con la yema la aceituna y viendo cómo sale a flote una y otra vez, a la espera de que una frase feliz emerja desde el fondo del martini y justifique el universo. O al menos la reaparición de este blog, me temo que algo precipitada. No sé, quizá dos o tres semanas más de silencio hubieran favorecido la primera entrega, el primer capítulo de esta serie, ya en su cuarta temporada. Pero eso es hablar por no callar. ¿Volver o no volver? Sea cual sea la respuesta, casi da igual. Como me dijo otra buena amiga hace ya muchos años: "tanto si me caso como si no, sé que, haga lo que haga, me voy a arrepentir." De todos modos, bienvenidos a septiembre.
miércoles, 5 de agosto de 2015
petersburgo
La gente bien de entonces decía coloquialmente 'Petersburgo', de igual modo que las personas importantes de hoy acuden a 'Zarzuela', sin el engorroso 'Palacio de la'. Así leemos que Ana Karenina iba o venía siempre de Petersburgo, aunque en los meses de estío se instalaba no muy lejos de allí, en su palacio de verano, en Peterhof. Viene esto a colación porque mi mujer y yo hemos visitado estos días Petersburgo. Allí hemos visto los mismos palacios y hoteles que veía o frecuentaba Ana, las mismas avenidas, canales navegables, parques y jardines fragantes. Por momentos dudaba yo si estábamos en aquella ciudad cosmopolita a orillas del Báltico o en algunas de las más de 600 páginas de la gran novela de Tolstoi. En Petersburgo pervive de algún modo un mundo ido, un mundo tan evanescente, tan efímero... -¿qué son cien años?- que ya casi apenas fue, y que habita más en la imaginación y en los sueños que en ningún otro ámbito. ¿Qué queda de todo aquello que fue y que no fue? Queda casi todo, pero de otra manera; o sea, casi nada. Los puentes sobre el Neva, el Palacio de Invierno o el de Yusupov, la Perspectiva Nevski, el templo de La Sangre Derramada, el Gran Hotel Europa, el café Singer, las noches blancas... Todo eso está muy bien, y es hermoso en verdad, pero, tras haber estado allí (y allí mirado mucho), sólo si uno cierra los ojos, en el duermevela de la siesta de agosto empieza a escuchar una música, un vals que nos llega procedente del gran salón donde tiene lugar el baile de gala; o el sonido y el vapor del expreso de Moscú, suntuoso y puntual, haciendo su entrada en la estación de ferrocarril; o las expresiones de ansiedad o de entusiasmo en la tribuna del hipódromo en plena carrera. Con los párpados entornados, en la,penumbra de la siesta, entre las pestañas se filtra una luz que viene de muy lejos en la distancia y en el tiempo: es la luz que ilumina la escena, a la altura del capítulo diez de la segunda parte, cuando "...Wronsky se hincó de rodillas para ver mejor el rostro que pugnaba aún por esconderse a sus miradas. Al fin levantó ella la cara y, separándolo con una mano, dijo con voz apagada: ¡Ya todo se acabó! Ya nada me queda en el mundo más que tú, no lo olvides." Wronsky arguye la felicidad que les espera, pero ella le replica de manera terminante: "¡Felicidad!-exclamó Ana, con una expresión tan violenta de terror y de repugnancia que lo dejó en suspenso-. ¡Ni una palabra más, por Dios, ni una palabra más!" Sí, es la luz que fulgura en sus ojos la que llena la escena y se filtra a través de mis pestañas, a las cuatro de la tarde, procedente de 1875, más o menos. Volveremos a Petersburgo, confío, aunque diga Sabina que "al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver."Y además, Petersburgo casi no es un lugar: es un
estado de ánimo elevado a categoría estética, un deslumbramiento que ocurre
cuando el amor sucede y unos ojos centellean de tal modo que iluminan el mundo,
las avenidas, el salón de baile, las páginas de un libro, la mirada del otro. (Y ahora sí, hasta la vista, ya en septiembre)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)