Este es un post que yo me tenía reservado por si algún viernes me fuera esquivo o falto de inspiración. Siempre conviene tener algún as en la manga, algún teléfono de emergencia, una pistola en la guantera. Quien no tenga una docena o dos de canciones muy bailadas, que tire la primera piedra. O que acuda al psiquiatra. En este terreno -el de las canciones y los bailes- yo voy bien servido. Mis amigos y amigas de toda la vida, también. Ya desde la adolescencia fuimos muy bailones: durante años, en guateques íntimos y en verbenas de verano; después, en discotecas diversas: La Oca, Menta, Zaping, Cocó, Caifás, El Desván, Charlot, El Bule... Todas han desaparecido, cómo no. Claro que también 'los muchachos de entonces' fuimos desapareciendo. Aunque nos quedan las canciones. ¿Qué tal si, para empezar, ponemos las luces rojas del guateque y suena, por ejemplo, Poco antes de que den las diez? No sé si poco antes o después sonaba (sonó) Puente sobre aguas turbulentas, Honey, Ruby Tuesday, Lola, Something, El gato triste y azul, Pequeñas cosas... y por supuesto no podía faltar Je t'aime, moi non plus. The letter (The Box Tops) o Gimme little sign (Brenton Wood), junto con Otis Redding ponían un punto sesentero y soul a los primeros setenta en mi pandilla (la mejor que había, con diferencia; no hubo otra igual). Asimismo, las imprescindibles Con su blanca palidez y Noches de blanco satén formaban parte del paisaje de verano en aquellos guateques al atardecer. Poco después vendrían los tórridos temazos Samba p'a ti, Europa, Killing me softly... que hacían furor en todas las discotecas; también algo de Barry White, y la perturbadora Bella sin alma, de Riccardo Cocciante, seguida de Sabato pomeriggio ("gorrionsito qué melancolía") de Claudio Baglioni. Confieso, no sin rubor, que aquella Balada para Adelina, del almibarado Richard Clayderman, tuvo su momento en la hora caliente de la pista en penumbra. Quizá los muchos bailes 'agarrados' dieron lugar a que creciera en mí la idea de que el abrazo es la posición más natural y deseable entre dos cuerpos. Tiendo al abrazo, sí. De cuerpo entero. Después vendrían La chica de ayer, Groenlandia, Enamorado de la moda juvenil, Eloise, The sultans of the swing, Englishman in New York... y unas quinientas más, aproximadamente, que sumadas a las quinientas anteriores constituyen eso que algunos publicistas facilones llaman 'la banda sonora de nuestra vida'. Dicen eso por decir algo, pero no saben bien de qué están hablando. Ellos no lo han vivido, ni bailado, ni soñaron siquiera algunos bailes que yo viví a mis diecisiete, o sea, At seventeen, de Janis Ian. También estaba Vincent por entonces ("Starry, starry night..."), de Don McLean. Alguien se acordará, seguro. Fue el año de COU.
Don McLean - Vincent (Starry Starry Night) - YouTube
viernes, 16 de mayo de 2014
viernes, 9 de mayo de 2014
la ataraxia
Hay días, semanas enteras, en que la sola idea de pasar a la acción produce tal fatiga que desaconseja toda actividad, ya sea esta emprender un viaje o planchar una camisa. Son esos días en que levantarse de la cama exige un esfuerzo sobrehumano -'homérico', diría mi buen Máximo Higuera- y el cuerpo nos pesa una barbaridad. Sin embargo, más que el peso en sí mismo, es la pesadumbre lo que hace poco menos que inviable cualquier tentativa de convertir la idea en acto, el vago deseo en realidad cumplida. Para esos días de abulia y desgana, el mejor consejo es 'ni lo intentes'. De acuerdo que el célebre "preferiría no hacerlo" de nuestro héroe Bartleby el escribiente es más educado, sí, más flexible y relativo -"preferiría"-, pero esa fórmula también deja entreabierta una puerta a la posibilidad de "hacerlo", si no queda más remedio. Y no es eso lo que se prefiere en estos casos; es más, el verbo hacer está no solo en desuso sino proscrito expresamente en los periodos en que el silencio y la quietud son casi el único paisaje que admite el viajero. Así pues, nada como callar y ver nevar. Callar, no intervenir, no realizar acto alguno. 'Abstenerse' es la idea más limpia. 'Rehusar' es el verbo donde se evitan los mayores excesos y errores. No hacer (a su debido tiempo) es no cometer. No cometer es no perpetrar, y ello es la condición obligada para poder dormir varias horas seguidas sin tener que duplicar la dosis de somníferos. La fatiga de los metales -una expresión poética como pocas- reduce la resistencia de un material hasta llegar a la ruptura. Y como bien sabemos, la repetición continuada de un esfuerzo, aunque sea leve, conduce al estado de fatiga. La experiencia demuestra que este principio es válido tanto para el alma como para el acero, para la carne mortal y para el mármol de Carrara. Así pues, la Física y el buen sentido nos recomiendan no insistir en el esfuerzo reiterado que conduce a la fatiga, con sus consecuencias a veces irreparables. De ahí que en esos días de especial fragilidad lo más prudente es la quietud, la inacción, el silencio... Se trata de algo muy antiguo y anhelado por los sabios: la búsqueda de la ataraxia. Quien consigue instalarse en ella, como una balsa en un lago apacible, no sufre la corrosión de los metales, ni padece de rencores ni pasiones disolventes ni acidez de estómago. Quien alcanza la ataraxia -ese hombre imperturbable, señor de la serenidad- ha recobrado la Arcadia, el Paraíso perdido.
viernes, 2 de mayo de 2014
ante el espejo
Cada vez que me miro al espejo veo a alguien distinto. Así podría empezar este post. O quizá un relato más o menos fantástico. Pero es un hecho cierto que de un día para otro no somos los mismos. Y eso se nota en el espejo. En los espejos. Porque no es igual mirarse uno y verse en su cuarto de baño que en los altos espejos de Zara o de Adolfo Domínguez. Las lunas de los escaparates nos devuelven a otro distinto del que fuimos antes de darnos el visto bueno y salir de casa. Tengo comprobado que cada individuo es una multitud. Yo al menos, lo soy. Aunque todos (o casi todos) los que hay en uno se parecen entre sí. Pero no he de negar que en ocasiones surge un desconocido que nos mira desde algún espejo impávido con una mezcla de burla y reproche. En esos casos, parece como si fuera él quien nos sometiera a examen, quien desaprobara nuestra apariencia o actitud. Es un extraño, sin duda, un visitante a deshora que incomoda, que desasosiega incluso. Se mira uno al espejo un jueves por la tarde y aparece por sorpresa el que fue, el que fuimos hace seis, ocho años -otra tarde-, después de una comida generosa, postre dulce, café solo y varias copas de alegría. 'Te conozco, bandido', le dices al que ahora tienes frente a ti, en el espejo. Y sonríes como un gilipollas, dándotelas de seductor. Hay veces, sí, que no sabe uno quién mira a quién, ni de qué lado (o bando) del espejo está. ¿Duelo de mirones? Ni eso: al final siempre gana el otro, el que tiene su propia vida al margen de los hechos. Lo confieso: detesto y envidio a ese alter ego libre de toda responsabilidad civil. Algo falla en la continuidad de las horas y en la relación causa-efecto. Y digo esto porque ya he perdido la cuenta de las veces que me acicalo despacio, elijo con esmero camisa limpia, pantalón, calcetines y zapatos bien combinados; entretanto, escucho la música seleccionada para la ocasión; si es viernes a las 13.30 horas, me sirvo medio martini. Ante el espejo todo parece indicar que el mundo está bien hecho y hoy va a ser el día perfecto para obtener un diez en prestigio y placeres. Voy de camino a ello. Mi reflejo en las ventanas del metro me dice que sí, que hoy tengo... aura, eso que nadie sabe bien qué es y que solo tienen Linda Evangelista y unos pocos privilegiados. A la salida del metro, los grandes ventanales de la Telefónica y los escaparates de la Gran Vía confirman uno tras otro que el aura te acompaña. ¡Oh, cielos de Madrid, azules mares navegables! Sin embargo, cinco, seis horas después, ya nada es lo que era, lo que prometía. Estás cansado. Has bebido algo más de la cuenta. Mientras te cambias de ropa, observas en el espejo del armario que has perdido brillo, frescura, que ya no tienes gracia, ni mucho menos aura. Y recuerdas sin remedio aquello de "zángano de colmena", y sobre todo "cacaseno". Pero, tranquilo -tranquilos-, mañana sábado toca limpiar con cristasol los espejos de la casa. Y es entonces cuando el mundo se ilumina al mediodía y vuelve el aura a encender tus manos, tus pasos, tu mirada... En un momento así, el gran Vinicius de Moraes, sentado en aquella terraza frente a las olas, vio venir a una muchacha, y sintió, o eso dijo, "toda la terra rodar". Que así sea.
viernes, 25 de abril de 2014
desaparecido en facebook
Llevo una semana desaparecido en Facebook. No hay noticia ni rastro de mí en todos estos días. No he publicado nada, ni he compartido nada. Tampoco he sido mencionado, salvo en una ocasión, y aun en este caso fue para que alguien dejara constancia de que la noche del viernes 18 no estuve allí donde se me esperaba. De Bob Dylan se ha dicho que tiene el don de no aparecer nunca donde todo el mundo espera que aparezca. En la película de Michael Mann Enemigos públicos hay una escena memorable en la que Dillinger -el legendario atracador de bancos, interpretado por Johnny Depp- pone a prueba nuestro corazón al introducirse en la boca del lobo: mientras toda la policía de Chicago ha salido en su busca, él entra por su pie en la comisaría semidesierta, observa sus propias fotos y recortes de prensa clavados en el tablón, curiosea entre las mesas, se acerca a un grupo de agentes que están siguiendo el operativo montado para darle caza. Pero Dillinger se sabe allí invisible, porque es precisamente allí donde nadie le espera. Tras la visita, sale del edificio y avanza despacio, como una sombra, a través de un nido de polis armados hasta los dientes que le reconocerían incluso en sueños. Y sin embargo, no lo ven, no lo ven... ¿Acaso hay algo más tentador que ser el hombre invisible? Pues como un pequeño Dillinger me he sentido estos días entrando impunemente en Facebook cuando nadie, o casi, se hallaba conectado. A la mañana siguiente, cualquiera habrá podido enterarse de que hace seis horas yo he estado allí. Aunque confieso que también he hecho fugaces visitas en momentos de aforo completo, de prime time, pero siempre en brevísimas acciones en las que mi presencia no llega a ser advertida en medio de la multitud. Es como cuando la llamada telefónica intervenida por el FBI se corta justo antes de que pueda ser localizada. Dillinger presumía ante la prensa de solo necesitar "un minuto y cuarenta segundos" para atracar un banco. Durante estos días en fuga, yo he tardado apenas la cuarta parte, 25", en ver qué había de nuevo por ahí y quién se hallaba alerta en fb. Me pregunto por qué será que me atrae tanto la idea de desaparecer por un tiempo, de ser declarado 'en paradero desconocido'. Paradero Desconocido es una latitud variable en el mapamundi, un lugar de acogida, un territorio exento, un salvoconducto irrestricto, una patria provisional para los exiliados, expatriados, excomulgados... Sí, me he declarado virtualmente en paradero desconocido. Al menos por una semana. "¿Adónde van los desaparecidos?" se preguntaba Rubén Blades en una canción inquietante, aunque aquellas eran unas desapariciones forzosas, criminales, no conviene olvidarlo. Las mías son meras travesuras, juegos, divertimentos. Me gustaría que algunas de mis desapariciones resultaran tan perfectas como aquellos misteriosos once días en que Agatha Christie estuvo desaparecida, y de los que no hay constancia, ni siquiera indicio de que se hallara en lugar alguno. Me conformo con eso: once días, once semanas o meses... Once minutos de los que nadie sepa nunca dónde estuve, qué hice, en qué pensé.
jueves, 17 de abril de 2014
hoy no hay
Este viernes doy descanso a los lectores. Muchos de ellos estarán en la playa, otros en las procesiones, y algunos viajando como locos por esos mundos, sin tiempo ni ganas para asomarse a este mirador. De modo que hoy no hay, como sucede con el periódico del 1 enero, o del Sábado Santo, que tampoco hay. De todos modos, viene bien un día de ayuno, un caer en la tentación del silencio, tan habitable, un apagar los teléfonos y los ordenadores, y que discurra el tiempo sin obstáculos. Un poco de nada es en ocasiones la mejor receta frente a los excedentes de todo tipo. Negarse uno también tiene su aquel. Y ya he dicho más de lo que debía, traicionando así mi verdadera intención. Cierro esta entrada inexistente con el poema más breve, de menos caracteres, que haya escrito nunca:
no ruido
no ruido
no voces
no música
ni casi silencio
apenas
sólo tiempo
sin ruido
ni voces
ni casi momentos
viernes, 11 de abril de 2014
chocolate negro
Un bombón de chocolate negro es una invitación a cerrar los ojos y fantasear con los más suculentos placeres. Tengo aquí, al alcance de la mano izquierda, un bombón envuelto en un lujoso papel negro brillante en el que solo aparece una palabra: noir. Lo miro pero no lo toco, ni lo rozo siquiera con la parte externa del dedo meñique. Ese bombón me va a llevar al paraíso dentro de un minuto, dos, acaso tres... o algo más. No sé por cuánto tiempo seré capaz de permanecer así, mirándolo y no desenvolviéndolo. 'Desenvolviéndolo' me recuerda a la palabra 'bamboleo'. Y bamboleo es una mecedora en agosto a la hora de la siesta. Hay un cuadro de Romero de Torres, pintado en 1900, que se llama precisamente así, La siesta. Lo conozco bien: la acción sucede en un jardín fragante del sur; una mujer joven, sin duda esbelta, con un vestido blanco y espumoso, muy sorolla, se bambolea a la sombra en la mecedora art déco; una sombrilla roja queda en primer término, abierta, como recién abandonada, en el suelo. El pintor nos oculta casi todo el rostro de esa mujer. No puedo asegurarlo, pero creo que tiene los párpados entornados y acaso paladea un bombón noir. De ser así, ella tendría los labios entreabiertos, voluptuosos, y una expresión de anhelo y de placer al mismo tiempo. ¿En qué estará pensando ella? ¿En qué momentos, vividos o no, en qué sueños? ¿Qué secretos deseos ocuparán su mente? Casi que se percibe el aire quieto que la envuelve, la temperatura que hay ahora a la sombra en el jardín, el tacto y la curva del reposabrazos de la mecedora en su mano diestra... Me pregunto qué me llevó a comprar esta tarjeta, precisamente esta, aquella mañana de domingo, a la salida de la exposición. Por momentos, me vuelvo mujer meciéndome en ese jardín a la hora de la siesta. Percibo el olor de las adelfas y de las azucenas, y el roce delicado, la caricia del vestido de organza en los hombros, los muslos, las rodillas... Qué bien se está aquí, a solas, qué dulzura, pero a la vez qué nostalgia anticipada: cómo echaré de menos, lo sé, estas flores, esta cálida luz que ahora siento en los párpados, el vaivén suave de la mecedora, esta belleza tan efímera... Lentamente, como quien comete un acto inconfesable, empiezo a desenvolver el bombón de chocolate negro. El sonido del envoltorio se confunde con el cri-crí de una chicharra en la postal. No sé si llevarme el bombón a la boca o... a la de esa bella mujer ensimismada. Cierro los ojos. Aspiro las fragancias del jardín. Dejo que el bombón se derrita despacio en la boca de esa mujer sin nombre a la que ahora suplanto. El paladar me lleva a hacer mía su memoria, percibir sus sensaciones, fantasear de otro modo. Soy casi ella por momentos. Compruebo que no hay nada como ser mujer durante un bombón de chocolate negro para entender algunas cosas, estampas, emociones, sueños, sinestesias..., momentos que nunca sucedieron, pero que la memoria guarda.
La_siesta_by_Julio_Romero_de_Torres.jpg (700×1126)
La_siesta_by_Julio_Romero_de_Torres.jpg (700×1126)
viernes, 4 de abril de 2014
distinto y junto
En este tarjetero semejante a un álbum de fotos conviven teléfonos y direcciones de operarios, restaurantes, diseñadores gráficos, hoteles, amistades, masajes, reparaciones diversas, bares de copas, tiendas de moda, agencias de publicidad, personas desconocidas o a las que solo he visto una vez, no recuerdo dónde ni cuándo. Si a cada una de esas tarjetas le dedicara unas líneas o un par de minutos, la suma de todo ello daría una suerte de collage o retrato cubista de una parte de mi vida. Y no digamos ya lo que un avezado detective sería capaz de reconstruir o averiguar si este tarjetero (como cualquier otro) cayera en sus manos, ¡no lo quieran los dioses! Pero esa sucesión de tarjetas variadas también podría ser metáfora de algo reciente, inmediato. Por ejemplo, de lo que leo. Además de lo que comemos, también somos lo que leemos, y en estos días, semanas, últimos meses, no he leído grandes historias de 800 o más páginas sino decenas de pequeños y casi simultáneos relatos, microrrelatos, poemas sueltos, aforismos, misceláneas, fragmentos, blogs, haikus, miniaturas, apenas suspiros articulados. Por el camino que voy, acabaré leyendo silencios, aunque de muy diversa índole o procedencia. Pienso que si se hacen catas de agua clara, ¿por qué no hacer catas de silencio? Sería apasionante, o casi. Si bien, pese a mi buen oído, ese es un tema inabarcable que excede las dimensiones de este blog. Veamos solo unos pocos ejemplos de silencios dispares y oceánicos: antes que nada, el silencio de Dios; o el silencio tan dulce de Tierra de Campos a la caída de la tarde, en sementera; o el que se establece en el aire tras una detonación; el silencio intransitable del amante cuando da la callada por respuesta; el de Garcilaso en la Égloga III: "en el silencio solo se escuchaba / un susurro de abejas que sonaba." Pero, aparte de la Égloga III, ¿qué he leído en estos días, en esta última semana? Pues todo un archipiélago, una micronesia de textos sin ninguna relación aparente. Entre otros -además de las viñetas de El Roto y las columnas de Vicent y de Millás-, confieso que llevo disfrutadas 70 páginas del manifiesto de Nuccio Ordine La utilidad de lo inútil; también la introducción y algunos de los ya clásicos Ejercicios de estilo de Raymond Queneau; varios desasosiegos de Pessoa; una conferencia inédita de Octavio Paz, dictada en 1975, donde afirma que el hombre es un ser que desea, y por tanto, que imagina. "Su imaginar es el presentir", dice, "un presentir que es un recordar"; también y con gusto llevo leída la mitad de una biografía de Garcilaso, obra de Esperanza Ortega; un poemario de Luis Ángel Lobato, Dónde estabas el día del fin del mundo, así como picoteos diversos, aforismos sueltos de José Luis Morante, un grafiti de Epicuro: "La amistad va recorriendo la Tierra como un heraldo que nos invita a la felicidad." Pienso que acaso la madurez bien entendida consista en pasar la mirada por un álbum de fotos, un centenar de cartas (o de emails recibidos), una baraja de tarjetas heterogéneas... y conseguir que todo eso nos invite a la felicidad. O a algo que se le parezca bastante.
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